Marcos Pérez Esquer
México está a las puertas de hacer historia: en 2026 será, por tercera vez, sede de una Copa del Mundo. Ninguna otra nación puede decir lo mismo. Y, sin embargo, lo que debería ser motivo de orgullo nacional y de visión de Estado, hoy parece reducido a una anécdota administrativa y una oportunidad desperdiciada.
Conviene mirar hacia atrás para dimensionar el contraste. Cuando México organizó los mundiales de 1970 y 1986, el país entendió que un evento de esa magnitud no era solo futbol, sino una oportunidad de crecimiento. Se modernizaron y ampliaron estadios emblemáticos como el Azteca, se fortaleció infraestructura urbana, se invirtió en transporte y se proyectó una imagen internacional que, con todas sus contradicciones, colocó a México en el mapa global como un país capaz de organizar eventos de gran escala. La reciente remodelación del Estado Azteca (ahora Banorte) no es más que una vacilada: unas cuantas luces nuevas y un pasto renovado, pero con los mismos baños viejos y sucios, y charcos de agua podrida por doquier. En definitiva, nada de clase mundial. En cambio, buena parte de aquella infraestructura construida para 1970 y 1986 sigue siendo funcional. No son ruinas de una fiesta efímera; son obras que han servido por décadas.
Hoy, en cambio, no hay grandes proyectos de movilidad concluidos, ni una expansión significativa del sistema aeroportuario, ni una estrategia integral de desarrollo urbano. El Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México sigue operando al límite, y el Metro arrastra problemas cada vez más graves.
¿La gran obra asociada al Mundial? Banquetas. Es difícil decirlo sin ironía. En lugar de aprovechar la coyuntura para detonar proyectos estratégicos, se ha optado por intervenciones marginales, como si se atendiera un trámite y no un desafío histórico.
Tampoco se exploraron alternativas innovadoras. Países como Catar apostaron por estadios desmontables, diseñados para no convertirse en elefantes blancos. México, con su enorme potencial turístico, pudo haber replicado ese modelo: imaginar sedes temporales en destinos como Cancún, Mazatlán o Los Cabos, integrando el espectáculo deportivo con la promoción del país. No ocurrió.
Pero lo peor es la falta de visión política. El hecho de que la candidatura mundialista se haya consolidado durante el gobierno de Peña Nieto parece haber pesado más que cualquier consideración de interés nacional. Durante la administración de López Obrador, el Mundial fue prácticamente ignorado. Seis años en los que pudo haberse planeado, invertido, coordinado. Seis años que se diluyeron en la lógica de que, si el crédito no era propio, el esfuerzo tampoco valía la pena.
El gobierno actual, encabezado por Claudia Sheinbaum, ha tenido ya tiempo suficiente para corregir el rumbo, pero tampoco se advierte un cambio sustantivo. Más aún, algunas señales resultan desconcertantes. Recomendar a los capitalinos “quedarse en casa” durante el torneo es logísticamente discutible y simbólicamente devastador. Un Mundial es, por definición, una celebración colectiva. Invitar a la población a ocultarse equivale a renunciar al protagonismo social del evento.
A ello se suma una comunicación pobre, casi inexistente. Un Mundial no solo se juega en la cancha; también se construye en el imaginario. Era la ocasión ideal para desplegar una estrategia internacional que nos proyectara como un país abierto, hospitalario, vibrante. Campañas dirigidas a las aficiones del mundo, mensajes de bienvenida, gestos simbólicos que construyeran lazos de afecto duraderos.
Porque esos lazos importan. La historia ofrece ejemplos elocuentes. En 1970, la afición mexicana adoptó con entusiasmo a la selección de Brasil. Aquella conexión emocional no se desvaneció con el torneo; perdura hasta hoy. Generaciones de brasileños conservan una memoria afectiva de México que trasciende el futbol. Ese es el poder de un Mundial bien aprovechado: no solo deja obras, deja vínculos.
Hoy, en cambio, México se limitará a organizar unos cuantos partidos, pero no se prepara para ejercer su papel como anfitrión del mundo. Y la diferencia es abismal.
El Mundial llegará, con o sin visión. Las gradas se llenarán, los partidos se jugarán y las cámaras transmitirán imágenes que recorrerán el planeta. La pregunta es qué país verán. Uno que aprovechó la oportunidad para proyectarse con dignidad y ambición, o uno que se conformó con cumplir, a medias, con lo indispensable. Por ahora, todo indica lo segundo. Y eso, más que una omisión administrativa, es un error político de gran magnitud; una preciosa oportunidad desperdiciada. Solo espero que sea la afición misma, la que compense la ausencia gubernamental.


