Si quieren hacer de una casa un cabaret,
háganlo con la suya, pero no con la ajena.
Mauricio Leyva Castrejón
La frase con la que he decidido abrir esta columna es mía; la asumo con responsabilidad porque en ella he condensado mi profunda indignación por la decisión de convertir la histórica Casa Museo Ramón López Velarde, conocida como Casa del Poeta, en un proyecto que los empleados de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México han querido nombrar Casa de las Palabras, mismo que, en el fondo, aspira a convertir en cabaret un recinto consagrado a la memoria de uno de los grandes poetas de todos los tiempos y que ha sido un punto de encuentro de diferentes generaciones de artistas y creadores.
En primer término, quiero precisar un hecho inobjetable: en materia cultural y artística, en México se requieren nuevos y mejores espacios diseñados desde su concepción para la vocación a la que están destinados. En consecuencia, reinventar espacios pervirtiendo o alterando su esencia no resulta, en ningún sentido, un acto ético, profesional ni inteligente; por el contrario, es, a todas luces, un acto escandalosamente torpe, un atropello, una estafa y un despojo para las propias comunidades culturales y artísticas, así como para la sociedad en general. Por ello, causa indignación, hiere y molesta que, con toda alevosía, se trastoque un recinto que desde sus inicios ha definido su destino.
En segundo lugar, es importante mencionar que la indignación no es contra la cultura del Cabaret ni contra lo que esta encierra y ha significado para nuestro país. Por el contrario, cronistas, escritores, literatos, actores, artistas plásticos y muchos más han dedicado obras completas al análisis e interpretación del Cabaret en México. En este caso, el asunto es uno y muy claro: deben respetar la memoria, el uso y el destino de un recinto consagrado a un fin específico y que durante 33 años ha servido como reservorio de la poesía mexicana. En tercer lugar, se encuentra la legítima preocupación por saber qué va a pasar con todo el acervo vinculado al poeta y con lo que allí se encuentra, porque no se percibe una sola política de preservación patrimonial en ese sentido.
Además, con los antecedentes de quienes hoy dirigen la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, no resulta descabellado anticipar que la Casa Museo Ramón López Velarde termine siendo un bien que se rente a ciertas televisoras para realizar eventos privados pagados a costos millonarios. Es decir, que el recinto termine “regenteado” y su vocación “prostituida” por quienes utilizan su escasa imaginación para incurrir en estos desaciertos.
Para concluir, es importante resaltar que el argumento de dotar al recinto de una “vocación más amplia” no tiene cabida ni en lo legal, ni en lo moral, ni en lo artístico. Si los empleados de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México quieren retomar la cultura del espectáculo del Cabaret, sería interesante que se propusieran crear incluso un museo que respondiera a un proyecto de esa naturaleza, con una sala o escenario diseñado exclusivamente para ello.
Reitero: en Cultura hace falta crear espacios, generar ofertas, no pervertir lo que ya existe. Aprovecho para reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿cuáles serán las modificaciones que habrá de sufrir el inmueble para ofrecer estos espectáculos de cabaret?
Por donde se observe, la medida es, por demás, inaceptable, indigna y pone en evidencia la falta de imaginación, de talento y de respeto por la memoria de nuestros creadores. Quieren utilizar como escudo el argumento de incorporar la literatura indígena, afromexicana, de diversidad sexual y otras expresiones, cuando estas ya tienen sus propias dimensiones. No creo que los lectores de estas valiosas manifestaciones culturales se sientan cómodos leyendo a la sombra de un cabaret.


