La otra esquina

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Literatura y desaparecidos

Escribir sobre los desaparecidos es una manera de buscarlos

Por Mauricio Leyva Castrejón.

En México, hablar de los desaparecidos no es solo nombrar una tragedia: es enfrentarse a un vacío que la realidad aún no logra llenar. Más de 130 mil personas permanecen hoy sin localizar. La cifra, por sí sola, abruma; pero lo más inquietante es el riesgo de que se vuelva costumbre, de que deje de doler. Frente a ese silencio, la literatura ha asumido una tarea incómoda pero necesaria: decir lo indecible, sostener la memoria y resistir al olvido.  Autoras como Valeria Luiselli, con Desierto sonoro y Los niños perdidos, o Cristina Rivera Garza, con El invencible verano de Liliana, han hecho de la escritura una forma de búsqueda. A ellas se suman obras como Antígona González de Sara Uribe, que reescribe el duelo colectivo, o Las tierras arrasadas de Emiliano Monge, donde la violencia y la desaparición se vuelven paisaje moral. En todas ellas, escribir es también nombrar a quienes faltan.

No se trata únicamente de ficción o testimonio, sino de una forma de intervención ética. La literatura mexicana contemporánea ha entendido que, ante la desaparición, escribir es también buscar. Buscar nombres, historias, rastros. En obras como Los niños perdidos, se evidencia cómo el lenguaje puede acompañar procesos de duelo y, al mismo tiempo, denunciar estructuras de violencia que los hacen posibles. Esta dimensión simbólica dialoga hoy con una realidad urgente. La reciente presencia de familiares de personas desaparecidas ante la Organización de las Naciones Unidas no es un gesto menor: es la internacionalización del dolor y de la exigencia de justicia. Madres, padres, hermanos que han convertido la búsqueda en una forma de vida llevaron sus testimonios más allá de las fronteras, evidenciando que la crisis de desapariciones en México no puede seguir siendo tratada como un asunto interno o marginal. En ese contexto, las palabras de Volker Türk resultan especialmente relevantes. El alto comisionado ha subrayado la necesidad de que los Estados enfrenten las desapariciones con verdad, justicia y rendición de cuentas, colocando a las víctimas en el centro. Su llamado no es solo técnico o diplomático: es un recordatorio de que la impunidad prolonga el sufrimiento y erosiona cualquier posibilidad de paz duradera. Hay una conexión profunda entre esos dos espacios —la literatura y la tribuna internacional—: ambos intentan romper el silencio. Mientras los libros construyen memoria y sensibilidad, las intervenciones en organismos internacionales buscan incidencia política y responsabilidad estatal. En ambos casos, se trata de disputar la narrativa oficial que muchas veces minimiza, fragmenta o invisibiliza la magnitud del problema.

Sin embargo, también hay un riesgo: que el horror se vuelva paisaje, que la repetición de cifras y relatos termine por anestesiarnos. Aquí es donde la literatura juega un papel crucial. A diferencia del dato frío, la historia contada desde lo íntimo interpela, incomoda y obliga a mirar de frente. Nos recuerda que cada desaparecido tiene un nombre, una vida, una red de afectos que quedó suspendida. Construir un discurso de paz sostenible en México pasa necesariamente por reconocer esta herida abierta.

No puede haber paz sin verdad, ni reconciliación sin memoria. En ese sentido, tanto las escritoras y escritores como los colectivos de familiares están haciendo un trabajo que el Estado no ha logrado cumplir plenamente: nombrar a los ausentes y exigir su regreso.

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