Marcos Pérez Esquer
Cuando el gobierno anunció la desaparición del Instituto Nacional de las Mujeres para convertirlo en una Secretaría de Estado, el mensaje parecía contundente: los derechos de las mujeres ocuparían un lugar prioritario. Una Secretaría implica mayor jerarquía, más capacidad de coordinación, mayor incidencia presupuestaria y una interlocución directa con el resto del gobierno.
Lamentablemente, la realidad ha terminado por imponerse y desmentir el discurso.
La Secretaría de las Mujeres lleva más de dos meses sin una persona titular. Y, para colmo, la propia Presidencia anunció que quien fue designada para encabezarla, la senadora Laura Itzel Castillo, ni siquiera asumirá el cargo de inmediato, sino hasta dentro de dos meses más, una vez que concluya sus actuales responsabilidades políticas como presidenta del Senado. En otras palabras, la dependencia encargada de atender algunos de los problemas más urgentes del país permanecerá cerca de cuatro meses sin una conducción efectiva.
Y el problema no es sólo que la Secretaría de las Mujeres esté acéfala. Es que la conversión del Inmujeres en Secretaría de Estado no vino acompañada de un fortalecimiento proporcional. En el papel, la nueva dependencia gana rango y atribuciones: debe coordinar la política nacional de igualdad sustantiva, atender la prevención de las violencias, impulsar el sistema de cuidados y articularse con Estados y Municipios. Pero en los hechos, su presupuesto inicial apenas creció un 1% respecto del antiguo Inmujeres y CONAVIM, que se fusionaron para crear la Secretaría. Es decir, se le encargó una responsabilidad enorme, pero no se le entregaron los medios para cumplirla. Así, hasta ahora el cambio es cosmético: más jerarquía en el organigrama, pero no más capacidad real frente a la emergencia que viven las mujeres en México.
Una dependencia gubernamental no se fortalece únicamente cambiando el membrete de la puerta. Se fortalece dotándola de liderazgo, capacidad operativa y dirección política. De poco sirve elevar de rango una institución si se le priva de herramientas de operación y hasta de lo más elemental: una persona responsable que tome decisiones, coordine políticas y atienda las emergencias cotidianas.
Mientras la oficina permanece prácticamente en pausa, la violencia contra las mujeres no hace ninguna pausa. Las Alertas de Violencia de Género siguen enfrentando enormes rezagos en su implementación; la coordinación entre Federación, Estados y Municipios continúa siendo insuficiente, y la atención a víctimas exige respuestas inmediatas. En ese contexto, resulta difícil comprender por qué la Presidencia decidió que esta dependencia podía esperar.
Más preocupante aún resulta el perfil anunciado para encabezarla. Nadie cuestiona la trayectoria política de la futura secretaria. Lo que sí puede discutirse legítimamente es si cuenta con una experiencia sólida y acreditada en políticas públicas de igualdad sustantiva, derechos humanos de las mujeres y atención a las violencias de género, precisamente las materias que constituyen el corazón de las responsabilidades de la Secretaría.
En cualquier otro caso exigiríamos que la persona titular tuviera experiencia especializada. Que quien encabezara la Secretaría de Hacienda supiera de finanzas públicas; que quien dirigiera Salud conociera el sistema sanitario; que quien estuviera al frente de Seguridad dominara la política criminal. ¿Por qué habría de ser distinto cuando se trata de la política pública para las mujeres?
Paradójicamente, el primer gobierno encabezado por una mujer en la historia de México envía un mensaje profundamente contradictorio: la agenda de las mujeres es importante en el discurso, pero no lo suficiente para contar con una conducción inmediata y especializada.
Hoy las mujeres no viven una emergencia diferible. Cada feminicidio, cada desaparición, cada agresión sexual, cada caso de violencia familiar y cada víctima sin respuesta nos recuerdan que los tiempos políticos también cuestan vidas.
Transformar al Inmujeres en Secretaría fue una buena decisión. Pero las buenas decisiones también deben ejecutarse bien. Una Secretaría sin secretaria durante meses, termina convirtiéndose en un símbolo de desdén burocrático.
Las mujeres mexicanas no necesitan solamente una Secretaría más grande. Necesitan una Secretaría presente, plenamente operativa y encabezada por el mejor perfil posible.


