De la colombianización a la mexicanización

Fecha:

Marcos Pérez Esquer

Colombia está inmersa en una campaña presidencial marcada por un clima inquietante. Después de enormes esfuerzos desplegados durante los últimos veinticinco años para contener al narcotráfico, recuperar presencia estatal, debilitar a grupos armados y devolverle cierta normalidad democrática a regiones enteras del país, hoy vuelven a observarse nubarrones que se tenían por superados o, al menos, contenidos: violencia política, amenazas contra candidatos, expansión de estructuras criminales e incursión del crimen organizado en las elecciones.

No es que Colombia haya regresado a los oscuros años de los 80s y 90s, pero es triste ver el retorno de la violencia a su vida pública. Y más triste aún, -y muy revelador- es el hecho de que algunas voces colombianas hayan comenzado a denominar este nuevo deterioro como la “mexicanización” de la política.

La expresión duele por partida doble. Duele por Colombia, como país hermano, que durante décadas pagó costos altísimos para salir de una crisis de violencia, narcotráfico y corrupción que estremeció al mundo. Pero duele más por México, como tierra propia, porque durante aquellos años nosotros mismos utilizábamos la palabra “colombianización” para nombrar el miedo a que nuestro país terminara atrapado por la violencia criminal, la captura de autoridades y la descomposición institucional. En aquel entonces, Colombia era la advertencia. Hoy, para muchos colombianos, es México la representación del peligro.

La región ha pasado así de llamar “colombianización” al colapso violento de la política, a llamar “mexicanización” a la infiltración criminal de la democracia. No es un simple cambio de etiquetas. Es una triste transferencia de prestigio negativo: antes importábamos metáforas del desastre; ahora las exportamos.

La historia nunca se repite a pie juntillas, pero los paralelismos importan porque permiten identificar señales tempranas y, en su caso, corregir a tiempo.

Y una de las primeras lecciones colombianas es que ningún país derrota solo a organizaciones criminales que operan más allá de sus fronteras. Colombia logró avances importantes no sólo por voluntad interna, sino también mediante cooperación internacional, particularmente con Estados Unidos. Hubo recursos, inteligencia, entrenamiento, coordinación y presión compartida contra estructuras criminales transnacionales. Esa cooperación, por supuesto, no estuvo exenta de debates ni de costos. Pero Colombia entendió algo elemental: frente a amenazas globalizadas, la soberanía no consiste en encerrarse, sino en tener capacidad para cooperar con reglas, controles y objetivos claros, para vencerlas.

Pero México parece caminar en sentido contrario. Aquí la cooperación se ve con sospecha; la coordinación internacional se confunde con intromisión; y la soberanía se invoca no como capacidad del Estado para proteger a su población, sino como coartada para no rendir cuentas. Peor aún: cuando una gobernadora permite la participación de agentes extranjeros en un operativo contra un narcolaboratorio (suponiendo sin conceder, que así haya ocurrido), la reacción política del gobierno federal es usar el asunto como munición partidista. Como si el problema no fuera la existencia misma del laboratorio, sino quién ayudó a desmantelarlo.

Otra lección colombiana es que la seguridad no se recupera con narrativa, sino con Estado. Durante años, Colombia avanzó mediante continuidad estratégica, fortalecimiento de capacidades públicas, presencia territorial y profesionalización de sus fuerzas de seguridad. Ahora que su gobierno se ha tornado populista es que los problemas regresan. Por eso la llamada “mexicanización” de la política colombiana debería preocuparnos tanto. No porque Colombia nos insulte al utilizar esa palabra, sino porque nos describe. Y lo hace en el peor sentido posible: como el país donde la violencia electoral se volvió paisaje, donde el crimen organizado puede condicionar candidaturas, capturar territorios y convivir con autoridades, mientras el gobierno prefiere ganar la narrativa antes que ganar la paz enfrentando la realidad.

La democracia no muere sólo cuando se cancelan elecciones. También cuando se vota con miedo, cuando los candidatos hacen campaña bajo amenaza, cuando muchas regiones quedan bajo autorización criminal y cuando ya no se sabe si gobierna quien ganó en las urnas, quien domina la plaza, o si son los mismos.

Por años vimos a Colombia como ejemplo de lo que no queríamos ser. Hoy Colombia ve en México reflejados sus peores temores. La metáfora cambió de dueño; la tragedia, por desgracia, sigue siendo compartida.

spot_img

Compartir noticia:

spot_img

Lo más visto