La otra esquina

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La bandera mexicana: símbolo en disputa

Por Mauricio Leyva Castrejón

En México, la bandera es un símbolo de identidad, historia y memoria colectiva, pero también es poder. En el contexto político actual, el lábaro patrio se ha convertido en un recurso discursivo que distintos actores utilizan para legitimarse frente a una sociedad profundamente polarizada. Desde su adopción oficial (con el diseño vigente) en 1968, bajo el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz —año marcado por la represión del movimiento estudiantil— la bandera ha coexistido con las contradicciones del Estado mexicano. El símbolo que representa unidad y soberanía ondeaba mientras el país enfrentaba uno de los episodios más oscuros de su historia contemporánea. Esa tensión entre ideal y realidad no ha desaparecido.

El escudo nacional, heredero de la tradición mexica que remite a la fundación de Tenochtitlan, hoy Ciudad de México, evoca resistencia y origen. Sin embargo, en el México actual —atravesado por violencia estructural, crisis de seguridad y desigualdad persistente— la pregunta es inevitable: ¿qué tan fiel es el país real a los valores que proclama su símbolo más sagrado? Durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, la narrativa oficial vinculó constantemente la bandera con la llamada “Cuarta Transformación”, presentando el proyecto gubernamental como una reivindicación histórica del pueblo frente a las élites.

El uso reiterado de ceremonias cívicas, discursos patrióticos y apelaciones a la soberanía reforzó la idea de que el gobierno encarnaba la voluntad nacional. Pero cuando un gobierno se asume como sinónimo de patria, el símbolo deja de ser incluyente y comienza a delimitar bandos. La crítica política puede ser presentada como oposición a la nación misma. Y ahí radica el riesgo: convertir la bandera en instrumento retórico erosiona su carácter plural.

La oposición también ha recurrido al símbolo patrio, apropiándose de él en movilizaciones y discursos que denuncian retrocesos democráticos o concentración de poder. El resultado es paradójico: todos hablan en nombre de México, todos se envuelven en la bandera, pero el consenso nacional parece cada vez más distante. En el plano social, la bandera conserva una potencia emocional innegable.

En eventos deportivos o tragedias naturales, el símbolo logra lo que la política no: unidad espontánea. Sin embargo, fuera de esos momentos excepcionales, millones de mexicanos viven una realidad marcada por inseguridad, impunidad y precariedad. Para las madres buscadoras, para comunidades desplazadas por la violencia o para jóvenes sin acceso a oportunidades, la bandera puede representar una promesa incumplida. La soberanía que simboliza no siempre se traduce en seguridad; la justicia evocada en los discursos no siempre llega a los territorios olvidados.

La bandera mexicana es, en esencia, una aspiración colectiva y un símbolo que exige congruencia. Pero cuando el discurso patriótico se distancia de la experiencia cotidiana de la ciudadanía, el símbolo corre el riesgo de vaciarse de contenido porque no basta con invocarla en ceremonias oficiales o marchas partidistas. Su verdadero significado se sostiene en la vigencia del Estado de derecho, en la pluralidad democrática y en la garantía efectiva de derechos.

En el México actual, respetar la bandera implica algo más que rendirle honores: implica aceptar la crítica, fortalecer las instituciones y reconocer que la nación es diversa, conflictiva y cambiante. La bandera mexicana no pertenece a ningún gobierno ni a ninguna oposición. Pertenece a una ciudadanía que exige que los ideales inscritos en sus colores —esperanza, unidad y sacrificio— no sean solo memoria histórica, sino realidad palpable.

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