La otra esquina

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El Mundial es de los mexicanos, no de sus políticos

Ante la ausencia del poder político,

un poder superior se impuso ante el mundo: el pueblo.

Por Mauricio Leyva Castrejón

Durante el Mundial de fútbol celebrado en México ocurrió una paradoja reveladora: mientras el poder político se hizo notar por una ausencia escandalosa, el pueblo mexicano se hizo presente con una unidad que hacía mucho tiempo no se veía. La afición expresó dos verdades innegociables. La primera, que el pueblo mexicano es valioso, fraterno y hospitalario. La segunda, que es mucho más grande que sus diferencias y profundamente distinto de la clase política, con la que no se identifica. Esa realidad quedó reflejada en los gritos, las porras y las celebraciones que llenaron calles y avenidas. México volvió a demostrar que su mayor fortaleza está en su gente. El pueblo reafirmó ser un anfitrión extraordinario; no así los distintos niveles de gobierno, que se mostraron indiferentes, rebasados por la magnitud de un acontecimiento de talla mundial y, sobre todo, carentes de sensibilidad y compromiso con la afición y con la Selección Mexicana. Si nuestro país recibió el reconocimiento y la admiración de miles de visitantes extranjeros, fue gracias a las personas que abrazaron, cantaron y celebraron junto con aficionados de otras naciones, superando cualquier barrera cultural. Quienes viajaron para apoyar a sus selecciones encontraron en México la mano abierta, la sonrisa sincera y el saludo afectuoso de un pueblo extraordinario. En ese sentido, el Mundial celebrado en México terminó por destacar incluso frente a las otras sedes. Sin el respaldo visible de la clase política y únicamente con las muestras genuinas de afecto de su gente, nuestro país exhibió una verdad irrefutable: la grandeza de una nación no reside en sus gobernantes, sino en el alma y el espíritu de sus hombres y mujeres. Es cierto que hubo una ausencia evidente del poder político. También lo es que quienes hoy ocupan las principales responsabilidades públicas no estuvieron a la altura de uno de los acontecimientos deportivos más importantes del planeta. Resultó inevitable comparar esta actitud con la de otros países. En España, por ejemplo, el propio rey cruzó el océano para respaldar a su selección nacional; en México, en cambio, nuestras principales autoridades ni siquiera pisaron el estadio.

Sin embargo, cuando se pregunta a la gente, la respuesta es contundente: «ni falta que hicieron». Esa expresión, lejos de ser una simple ocurrencia popular, debería encender las alarmas de cualquier gobierno. Cuando una ciudadanía concluye que sus gobernantes no hacen falta o, peor aún, que su presencia perjudicaría más de lo que ayudaría, significa que la autoridad moral se ha erosionado profundamente. Durante este Mundial quedó en evidencia un divorcio entre el pueblo y quienes ejercen el poder. Mientras la ciudadanía construía, frente a los medios internacionales, un discurso de identidad, orgullo y fraternidad, mostrando el verdadero rostro de México, las autoridades optaban por la ausencia. Esa distancia permitió hacer visible una realidad difícil de ignorar: el pueblo mexicano es noble, solidario y extraordinario, muy distinto de una clase política fría, distante y sobre la que pesa, cada vez con mayor fuerza, la sombra de la corrupción. Por fortuna, los verdaderos ganadores fuimos los mexicanos. No solamente por lo ocurrido dentro de la cancha, sino también por lo que sucedió fuera de ella, al demostrar que México es una de las grandes naciones de este continente por su cultura, por su manera de celebrar la vida y, sobre todo, por su capacidad para mantenerse unido cuando las circunstancias lo exigen. Gritar «¡Viva México!» no fue únicamente una expresión de orgullo nacional. Fue también una forma de decirle al mundo que México no se reduce a quienes circunstancialmente ejercen el poder. El verdadero México vive en millones de ciudadanos honrados, trabajadores y dignos. Ellos son quienes sostienen el prestigio del país y quienes, una vez más, demostraron que la grandeza de una nación se encuentra en su pueblo. Como dice el viejo refrán: «No necesitamos de bules viejos para nadar».

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