La otra esquina

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El emperador desnudo

Nadie quería confesar que no veía nada

Por Mauricio Leyva Castrejón

«¡Pero si el emperador está desnudo!», exclamó un niño mientras la multitud fingía admirar un traje que no existía y cuando esa voz, la voz de la verdadera honestidad, rompió el miedo, la hipocresía y la complicidad de la sociedad, la vida cambió para siempre. Han transcurrido casi dos siglos desde que Hans Christian Andersen publicó El traje nuevo del emperador y, a 151 años de su muerte, la historia conserva una vigencia inquietante. No porque existan emperadores desfilando sin ropa, sino porque siguen existiendo sociedades donde resulta más fácil aplaudir que disentir. La historia es sencilla. Dos estafadores convencen al emperador de que han confeccionado un traje extraordinario que sólo pueden ver las personas inteligentes y aptas para desempeñar su cargo. Quien no pudiera apreciarlo quedaría exhibido como un incompetente. El engaño funciona porque nadie quiere correr ese riesgo. Los ministros fingen admirar una prenda inexistente; los cortesanos hacen lo mismo; el pueblo termina aplaudiendo un desfile absurdo. La mentira deja de ser individual para convertirse en una verdad aceptada por todos. Sólo un niño, ajeno al cálculo político y al temor por la opinión ajena, se atreve a decir lo evidente: el emperador está desnudo.

La genialidad de Andersen consiste en demostrar que el problema nunca fue el emperador. El verdadero problema fue la multitud. La disposición colectiva a callar, a simular y a repetir aquello que todos decían, aun sabiendo que era falso. El autor entendió, mucho antes de que existieran las redes sociales o los estudios sobre psicología de masas, que el conformismo puede ser más poderoso que cualquier imposición.

Vivimos una época en la que expresar una opinión distinta suele tener un costo. La polarización ha reducido el espacio para los matices y ha convertido el debate público en un terreno donde abundan las etiquetas y escasean los argumentos. En muchos casos, las personas prefieren guardar silencio antes que ser objeto de ataques, campañas de desprestigio o exclusión. Una sociedad donde nadie se atreve a disentir termina aceptando decisiones sin el indispensable escrutinio público. El silencio nunca ha sido sinónimo de unidad; con frecuencia es simplemente la expresión del miedo.

Por eso resulta pertinente observar el debate que ha despertado la iniciativa de la presidenta Claudia Sheinbaum en materia de derecho de las audiencias. El propósito declarado de la propuesta es fortalecer los derechos de quienes consumen contenidos en los medios de comunicación. Sin embargo, diversas organizaciones, especialistas y representantes del sector han advertido que algunos de sus alcances podrían traducirse en mayores mecanismos de intervención sobre los contenidos y, eventualmente, generar incentivos para la autocensura. El fondo del debate, por tanto, no es únicamente jurídico, sino profundamente democrático: ¿cómo proteger los derechos de las audiencias sin debilitar la libertad de expresión y la independencia editorial?

Responder esa pregunta exige una discusión abierta, plural y libre de descalificaciones. Lo preocupante sería que el temor a ser señalado sustituyera el intercambio de ideas. Porque cuando una sociedad deja de cuestionar por miedo a las consecuencias, comienza a parecerse demasiado al reino imaginado por Andersen.

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