La otra esquina

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Los siete saberes de Morin y las asignaturas pendientes de México

Por Mauricio Leyva

Cuando la UNESCO encargó a Edgar Morin la elaboración de “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro”, el filósofo francés no pretendía diseñar un nuevo plan de estudios ni proponer una reforma administrativa. Su preocupación era más profunda: advertía que los sistemas educativos del mundo estaban formando estudiantes capaces de acumular información, pero no necesariamente de comprender la complejidad de la realidad. Dos décadas después, la observación mantiene una vigencia inquietante. México ha emprendido numerosas reformas educativas, ha modificado programas, cambiado libros de texto y redefinido modelos pedagógicos. Sin embargo, la pregunta fundamental sigue siendo la misma: ¿estamos formando ciudadanos capaces de entender el mundo que habitan?

Morin sostenía que uno de los grandes errores de la educación moderna consiste en enseñar conocimientos fragmentados. Las matemáticas por un lado, la historia por otro, las ciencias en un espacio separado y la ética confinada a discursos ocasionales. El resultado es una formación que, muchas veces, dificulta establecer conexiones con los problemas reales que enfrentan las sociedades. Basta observar algunos de los desafíos nacionales para comprender la pertinencia de esa crítica. La violencia que afecta amplias regiones del país no puede analizarse únicamente desde la perspectiva de la seguridad pública. También involucra pobreza, desigualdad, desintegración comunitaria, oportunidades educativas, cultura de la legalidad y desarrollo económico. Lo mismo ocurre con la crisis hídrica, la migración o el cambio climático. Son fenómenos complejos que exigen una mirada integral, precisamente la capacidad que Morin consideraba indispensable desarrollar desde las aulas. Uno de los siete saberes que proponía era enseñar la condición humana. Parece una idea sencilla, pero encierra una profunda crítica a los modelos educativos centrados exclusivamente en la productividad. Para Morin, educar significaba ayudar a comprender quiénes somos, cómo nos relacionamos con los demás y cuál es nuestro lugar en el mundo. En un país donde la violencia cotidiana ha normalizado la indiferencia frente al dolor ajeno, esta enseñanza adquiere una relevancia especial.

Otro de sus planteamientos consistía en educar para enfrentar la incertidumbre. En tiempos de inteligencia artificial, transformaciones tecnológicas aceleradas, crisis ambientales y cambios geopolíticos constantes, ninguna generación podrá desenvolverse únicamente con conocimientos estáticos. La capacidad de adaptarse, reflexionar y aprender de manera continua será tan importante como cualquier contenido académico. Quizá uno de los saberes más urgentes para México sea el que Morin denominó la comprensión. No se refería solamente a comprender conceptos o teorías, sino a comprender a los otros. En una sociedad marcada por la polarización política, la confrontación en redes sociales y la creciente dificultad para dialogar con quienes piensan distinto, esta propuesta parece más necesaria que nunca. La democracia no se fortalece únicamente con instituciones; también requiere ciudadanos capaces de escuchar, debatir y reconocer la dignidad de quienes sostienen opiniones diferentes. Morin insistía en que la educación debía preparar para la ciudadanía planetaria. Hoy, a unos días de haber fallecido el filósofo francés, los problemas ambientales, económicos y sanitarios trascienden fronteras y esa visión resulta difícil de cuestionar.

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