El Día del Maestro en la era de la escuela sin propósito

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Marcos Pérez Esquer

Como cada 15 de mayo, México se apresta a celebrar el Día del Maestro. Es una fecha que, con justicia, reconoce el trabajo de millones de docentes que, a pesar de condiciones adversas, sostienen todos los días el sistema educativo nacional. Pero francamente, sería una irresponsabilidad quedarnos en eso.

Porque mientras celebramos a las y los maestros, el sistema educativo atraviesa una crisis profunda que compromete el futuro del país. Y lo más preocupante no es solo la magnitud del problema, sino la ligereza -por momentos francamente frívola- con la que se están tomando decisiones desde el poder público.

Lo ocurrido esta misma semana es revelador. El titular de la SEP, Mario Delgado, anunció un ajuste al calendario escolar para concluir las clases el 5 de junio, argumentando la proximidad de la Copa Mundial de Futbol. Aunque la medida fue revertida, la justificación ofrecida resultó aún más inquietante: según el propio Secretario, las últimas semanas del ciclo ya no tienen un propósito académico real, sino que se convierten en un periodo de “descarga administrativa”, donde las escuelas funcionan prácticamente como guarderías.

El problema no es que lo haya dicho. El problema es que sea cierto.

Y más grave aún: que lo reconozca quien tiene en sus manos la responsabilidad de corregirlo. Porque si una parte del calendario escolar carece de contenido pedagógico sustantivo, lo que corresponde no es eliminarla, sino ajustar planes y rediseñar tiempos para hacer lo que hace cualquier sistema educativo serio: aprovechar cada hora de aprendizaje. Pero nada de eso está ocurriendo.

Esto es el resultado de una cadena de decisiones que, lejos de fortalecer la calidad educativa, ha desmontado medios de evaluación, mejora y rendición de cuentas.

Desde el gobierno de López Obrador se impulsó una contrarreforma educativa que eliminó la evaluación docente. Con ello, México dejó de contar con un mecanismo para saber si quienes están frente al aula tienen las competencias necesarias, si están mejorando o si requieren apoyo. Todo en nombre de una lógica política que privilegió la relación electoral con el magisterio organizado por encima del derecho de niñas, niños y adolescentes a recibir educación de calidad.

A esto se sumó la desaparición del Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación, un órgano constitucional autónomo que generaba información técnica, independiente y pública sobre el estado del sistema educativo. Su sustitución por un organismo dependiente del Ejecutivo -Mejoredu- nunca logró cumplir esa función, y terminó desapareciendo también. Hoy, el país carece de un sistema de evaluación educativa, y como si eso fuera poco, recientemente la SEP llegó al extremo de dejar de considerar esta información como de “interés nacional” a efecto de que tampoco el INEGI pueda publicarla. Así, México se ha quedado a ciegas respecto de uno de los sectores más importantes para su desarrollo.

Sin evaluación docente e institucional, sin información pública confiable, ¿cómo se diseñan políticas educativas? La respuesta es grave: no se diseñan, se improvisan.

En paralelo, los cambios en los contenidos educativos tampoco apuntan en la dirección correcta. En un mundo que apuesta decididamente por las habilidades STEM -ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas-, México ha optado por diluir estos contenidos en los nuevos materiales educativos. El resultado es previsible: generaciones menos preparadas para competir en una economía global cada vez más exigente. Así, no solo no saldremos del hoyo, cavaremos más profundo.

Las consecuencias ya se ven. La cobertura educativa ha retrocedido, mientras el rezago crece. Pero más allá de las cifras, hay un deterioro menos visible, aunque más profundo: la pérdida de sentido del sistema educativo.

Cuando no importa si el maestro es evaluado o no, cuando no importa si el alumno aprende o no, cuando no importa contar con información sobre lo que ocurre en las aulas, el mensaje es devastador: la educación ha dejado de ser importante.

Por eso, la declaración del Secretario de Educación no es un desliz. Es un síntoma.

Si las últimas semanas del ciclo escolar “no sirven para nada”, si la escuela se reduce a una estancia obligatoria, si da lo mismo asistir o no, entonces lo que está en crisis no es el calendario: es el modelo educativo completo.

Por eso, celebrar el Día del Maestro implica algo más que reconocer su esfuerzo. Implica también exigir un cambio de rumbo. Porque los docentes no pueden -ni deben- cargar solos con el peso de un sistema que el Estado ha abandonado.

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