Me equivoqué con Gerardo Fernández Noroña. Cuando hace un año el oficialismo designó a este legislador como presidente del Senado de la República, hubo quien me pidió mi opinión sobre tal nombramiento, a lo que respondí que, lejos de lo que esperaba la generalidad de la opinión pública, yo creía que haría un buen papel.
Tal opinión resultó sorpresiva en la bancada panista en la que se tenían serias reservas al respecto. Expliqué que mi parecer derivaba de una experiencia personal con Noroña de cuando ambos fuimos diputados en la LXI legislatura. En aquel momento, el petista encabezó un esfuerzo a favor de los derechos laborales del personal de limpieza de la Cámara de Diputados que estaban contratados por terciarización (outsourcing), lo que, en efecto, precarizaba sus condiciones de trabajo.
Dado que a la sazón yo presidía el Comité de Administración de la Cámara, hubo de acudir ante un servidor, acompañado de un buen número de trabajadores de limpieza a exigir condiciones más justas. Lo recibí varias veces a él y al grupo de trabajadores, con quienes acordé incorporarlos a la nómina del Legislativo de manera paulatina (como lo fuese permitiendo el presupuesto) por bloques, empezando por los de mayor antigüedad.
Las reuniones siempre fueron en buenos términos, sin aspavientos, sin alzar siquiera la voz, todo en orden. Esa experiencia personal me dejó convencido de que Noroña tenía un lado tratable, un lado razonable, y sobre todo, si se conversaba con él sin medios de comunicación presentes.
Si a lo anterior agregaba mi sospecha de que el senador querría aprovechar la presidencia del Senado para cambiar su imagen, presentándose como persona seria, de Estado, que lo catapultara a derroteros mayores, no podía concluir otra cosa que esa: que haría un buen papel.
Me equivoqué.
Su paso por la presidencia, que culmina este domingo, fue por decir lo menos, calamitoso. Parece ser que el “efecto ladrillo”, al que algunos se suben y se marean, pudo más que mis expectativas sobre su desempeño. El poder lo embriagó. De la noche a la mañana se convirtió en un hombre acaudalado que no puede demostrar el origen de los recursos con los que se hizo de una casona de 12 millones de pesos en Tepoztlán; hizo uso ilegítimo de su poder para humillar a un ciudadano al que obligó a disculparse en la sede del Senado, ante las cámaras de los medios de comunicación, por haberlo increpado en una sala VIP del aeropuerto de la Ciudad de México; difamó a periodistas; aprovechó su condición para acallar a legisladores de oposición llegando al extremo de cerrarles materialmente el micrófono en plena sesión; condujo sesiones con parcialidad y nunca asumió el rol que le dictaba la ley de expresar la unidad de la Cámara, sus declaraciones fueron siempre facciosas y su actitud porril. Tuvo el atrevimiento, no una, sino muchas veces, de insultar y amenazar a legisladores opositores.
Nada menos en la sesión del famoso zafarrancho con Alejandro “Alito” Moreno, antes de estos bochornosos hechos, recién había insultado a la senadora panista Lilly Téllez, había retado a los golpes al diputado panista Federico Döring, y arbitrariamente le había negado el uso de la voz al senador priísta Alito Moreno, que previamente se había pactado.
Cuando, harto de sus atropellos, Alito lo increpa, el calor de los ánimos los llevó a los empujones y manotazos. Nunca empatizaré con la violencia, las y los mexicanos no nos merecemos esas escenas, pero vaya que Noroña ya se merecía esos moquetazos. Se los ganó a pulso. Triste manera de cerrar su gestión, pero son las consecuencias de su pésimo proceder.
Triste, sí, pero tampoco da para más. La amenaza (otra más) de que procederán al desafuero de Alito, es ridículo y no hace sino confirmar el talante autoritario del régimen morenista. Unos días antes ya había amenazado de desaforar a ¡toda! la bancada del PAN por las declaraciones de Lilly Téllez en Fox News. De ese nivel son.
Creo que lo más triste es el desempeño general de Noroña en la presidencia del Senado. Cargo de enorme relevancia que no supo aprovechar para granjearse un perfil de mayor nivel que le permitiera avanzar en su carrera política. Lejos de ello, pareciera que tal carrera está acabada. O al menos sumamente mermada.
Quien no sabe qué hacer con el poder, suele perderse en la soberbia y el desenfreno. Porque gobernar no es sólo ejercer el poder, sino servir a los demás y honrar una investidura. La 4T está muy lejos de entenderlo.