La otra esquina

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Ortega y Gaset: el signo del Quijote

Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo.

José Ortega y Gasset.

Por Mauricio Leyva Castrejón

El 19 de octubre se conmemora el aniversario luctuoso del literato y filósofo español José Ortega y Gasset autor de Meditaciones del Quijote, hombre fundamental de una época y cuya obra vale la pena una mirada profunda y reflexiva en este contexto que nos permite recordarlo y recordar esas exigencias suyas para hacernos mirar de frente el mundo que nos rodea, ya que no podemos explicarnos desde la periferia de los acontecimientos. La literatura sabe esto desde mucho antes de que la filosofía lo convierta en concepto. Don Quijote sale al camino con la cabeza llena de libros y se encuentra con una realidad que no obedece a sus lecturas. Cervantes pudo haberse limitado a ridiculizarlo; hizo algo más difícil: puso frente a frente el mundo como es y el mundo como un hombre necesita imaginarlo. Nos reímos del caballero, pero la risa no resuelve el asunto. ¿Qué sería de nosotros sin esa porción de imaginación que nos impide aceptar la realidad como si fuera inmodificable? Ortega volvió al Quijote porque comprendió que una novela no es solamente una historia bien contada. En ella se juega una manera de interpretar la vida. A veces reconocemos en sus personajes lo que escondemos de nosotros mismos; otras, descubrimos una injusticia que habíamos aprendido a mirar como parte natural del paisaje.

Por eso me cuesta aceptar que la literatura sea presentada como un lujo, una distracción o una asignatura que se abandona cuando empieza la vida «real». ¿Cuál vida? ¿La que se reduce a producir, comprar, opinar y correr de una urgencia a otra? La literatura no sustituye la experiencia, pero la ensancha. Nos permite entrar en la conciencia ajena sin pedirle que piense como nosotros. Y en sociedades donde el juicio llega antes que la escucha, esa posibilidad tiene consecuencias que van más allá de las bibliotecas. No se trata de atribuir a los libros poderes que no tienen. Una novela no detiene por sí sola una guerra, no corrige una política injusta ni vuelve decente a quien ha decidido aprovecharse de los demás. La historia está llena de gente culta que ha defendido barbaridades. Pero esa constatación no vuelve inútil a la literatura; nos recuerda que el conocimiento también exige una posición frente al mundo. La claridad es la cortesía del filósofo, escribió Ortega. La frase importa en una época que confunde la oscuridad con la profundidad y la contundencia con la razón. Pensar exige precisar las palabras, distinguir los hechos de los prejuicios y aceptar que una idea puede ser discutida. Escribir exige algo semejante: no ocultarse detrás de una prosa aparatosa ni tratar al lector como alguien a quien hay que impresionar.

Tal vez la relación entre vida y literatura esté ahí: no en que los libros nos dicten cómo vivir, sino en que nos impidan pasar tan fácilmente por encima de la vida de los otros. Nos obligan a demorarnos donde el presente exige velocidad; a mirar dos veces aquello que parecía evidente; a reconocer que ninguna persona cabe por entero en la etiqueta que le asignamos. La imaginación no borra los límites de la realidad: permite reconocer que no son siempre naturales ni eternos.

Recordar a Ortega y Gasset no consiste en repetir sus frases como piezas de museo. Consiste en probarlas contra nuestras circunstancias, incluso en discutirlas. Porque si la vida no viene con instrucciones, tampoco se deja comprender desde una sola esquina. A veces hace falta un libro para descubrir que aquello que llamábamos realidad era, apenas, la costumbre de no mirar más allá.

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