La paz y la independencia que nos faltan
Por Mauricio Leyva Castrejón
Se tiene la idea de que la independencia se conquista una vez, mientras que la paz hay que conquistarla todos los días. Justamente, esa idea se viene abajo esta semana, durante la cual el 21 de septiembre se conmemoraron de manera paralela el Día Internacional de la Paz y la Consumación de la Independencia Nacional. Ambos acontecimientos deberían ser considerados como iguales e incluso vinculados el uno al otro; sin embargo, la independencia no es sinónimo de paz, ni la paz sinónimo de independencia. De hecho, los dos temas no pueden considerarse como realidades absolutas en un país en donde la independencia, la paz y la soberanía (palabra tan bastardeada) no pueden ser garantizadas ante el imperio de la narcoviolencia.
Porque después de más de dos siglos de haber comenzado la lucha por nuestra independencia, todavía tenemos pendiente una pregunta elemental: ¿qué significa ser libres cuando tantos mexicanos viven con miedo? La paz suele entenderse como lo contrario de la guerra. Pero es mucho más que eso. Una sociedad empieza a vivir en paz cuando aprende a resolver sus conflictos sin violencia, cuando la ciudadanía deja de ser espectadora y se convierte en participante, cuando el otro deja de ser una amenaza y vuelve a ser un semejante.
La paz también se construye con escuelas, empleos, oportunidades y justicia. Se construye cuando un joven puede imaginar su futuro sin que la violencia sea una de las pocas alternativas disponibles. Cuando una familia puede salir de casa sin modificar su vida por miedo. Cuando trabajar no significa exponerse a la extorsión. La paz, entonces, es un proceso integral que garantiza el desarrollo pleno, sin miedo, de una sociedad y de las personas. Sin embargo, las fracturas existen y están allí, a la vista. Octavio Paz buscó en “El laberinto de la soledad” algunas de las contradicciones de nuestra identidad. Rosario Castellanos mostró en “Balún Canán” que la desigualdad y la exclusión también pueden ser formas de violencia. Juan Rulfo hizo que los muertos de “Pedro Páramo” siguieran hablando, como si la violencia no pudiera terminar mientras permaneciera viva en la memoria. Y Elena Poniatowska convirtió en “La noche de Tlatelolco” la voz de las víctimas en memoria colectiva.
Ninguno necesitó escribir un tratado sobre la paz. Hablaron de sus heridas. Y quizá ahí esté una de las tareas de la literatura en l actualidad: recordarnos aquello que una sociedad corre el riesgo de considerar normal. Porque hay un momento particularmente peligroso para un país: cuando la violencia deja de escandalizar y comienza a formar parte del paisaje. Cuando aprendemos a convivir con el miedo. Cuando una desaparición se convierte en una cifra. Cuando la muerte de otro ya no consigue interrumpir nuestra rutina. La soberanía no consiste únicamente en que una nación pueda defender sus fronteras. También significa que sus ciudadanos puedan vivir, trabajar, estudiar, transitar y decidir su futuro sin que un poder criminal determine sus posibilidades.
Por eso la paz no puede ser solamente una política de seguridad. Es también una evolución de la ciudadanía. Una ciudadanía que aprende a dialogar, a respetar la diferencia, a rechazar la violencia como método y a exigir instituciones capaces de proteger la vida.


