Por Jorge Camacho
El Super Bowl no es solo el partido más visto del año en Estados Unidos; es el mayor escaparate simbólico del poder cultural, económico y narrativo del país. Allí se vende identidad, se legitiman tendencias y se anticipan consensos. Por eso, la presencia de Bad Bunny en el medio tiempo no puede leerse como una concesión artística ni como una moda pasajera. Fue, ante todo, un mensaje político cuidadosamente calculado.
En un escenario donde cada segundo cuesta millones y cada gesto es analizado, Bad Bunny apareció sin traducirse ni diluirse: cantó en español, exhibió una estética inequívocamente latina y sostuvo símbolos culturales reconocibles. No pidió permiso ni ofreció guiños para facilitar la digestión del mensaje. En la vitrina más estadounidense de Estados Unidos, la identidad latina no fue invitada: se presentó como parte constitutiva del espectáculo.
El Super Bowl cumple una función que va más allá del deporte. Es el momento en que se fija la narrativa del año: qué consume el país, qué voces legitima y qué identidades reconoce como propias. En ese sentido, la actuación fue una señal de madurez del mercado cultural estadounidense: lo latino ya no es exótico ni accesorio, es estructural.
La escena se reforzó con acompañamientos simbólicos precisos. La presencia de Lady Gaga operó como aval del mainstream anglosajón. No se trató de un simple dueto o cameo, fue la confirmación explícita de que la cultura latina ya no necesita traducción para ser validada en el centro del sistema. La breve aparición de Ricky Martin funcionó como puente histórico, del estallido latino de finales de los noventa al presente, donde esa presencia dejó de ser irrupción para convertirse en consolidación.
El momento más potente no fue musical, sino simbólico. El cierre con banderas latinas desfilando en el escenario se leyó como una declaración directa en un contexto político marcado por discursos antiinmigrantes, criminalización del migrante y tensiones identitarias. El mensaje fue claro, Estados Unidos también es latino. Lo es en su economía, en su fuerza laboral, en su demografía y en su producción cultural. Negarlo es desconocer la realidad.
Hubo, además, un gesto que rompió con la narrativa festiva y devolvió el espectáculo a la crudeza del presente, Bad Bunny reapareció con un chaleco antibalas bajo su traje blanco. El detalle no fue casual. En un país donde la violencia armada y la polarización política forman parte del paisaje cotidiano, ese símbolo recordó que la identidad latina es celebrada por el mercado, pero sigue siendo cuestionada y, en ocasiones, amenazada desde el discurso político.
Ahí se ubica el núcleo del mensaje. El sistema económico estadounidense ya asumió que lo latino es indispensable, el consumo, la música, la publicidad y la industria del entretenimiento lo reflejan con claridad. El conflicto no está en el mercado; está en la política. Mientras la economía integra y capitaliza la diversidad, ciertos sectores insisten en narrativas de exclusión que chocan con los hechos.
Que ese contraste se exhiba en el escenario más visto del país no es menor. El Super Bowl no confronta directamente, pero sí fija marcos de sentido. Y cuando ese marco reconoce a la comunidad latina como parte del “nosotros”, la discusión deja de ser si pertenece o no. La pregunta pasa a ser quién se atreve a negarlo y con qué costos.
Bad Bunny no solo cantó. Marcó territorio cultural. Lo hizo sin discursos explícitos, pero con símbolos precisos, en el lugar donde el poder simbólico estadounidense se muestra sin disfraces. En tiempos de polarización, el espectáculo recordó algo elemental: la cultura suele ir un paso adelante de la política. Y, esta vez, dejó claro hacia dónde se mueve la historia.


