Marcos Pérez Esquer
Después de mucho regatear, el Congreso finalmente avanzó en el procesamiento del proyecto que busca reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales. Ya fue aprobado por el Senado y turnado a la Cámara de Diputados, la que seguramente la estará aprobando la próxima semana para remitirla a las legislaturas locales, por tratarse de una reforma constitucional.
Si bien la idea de encontrar un equilibrio genuino entre la vida personal y el trabajo es indiscutiblemente positiva, una mirada más detallada a esta reforma revela que camina por la delgada línea de la simulación.
El argumento central a favor es irrebatible: México es uno de los países que más horas trabaja a nivel mundial, hasta 23% más que otros trabajadores de países de la OCDE, a menudo con un impacto severo en la salud mental y la cohesión familiar.
Sin embargo, el diablo está en los detalles. La gran promesa de los «dos días de descanso obligatorios”que se ventiló durante meses en la opinión pública no aparece de forma explícita en el texto de la reforma constitucional.
Lo que el dictamen establece es una reducción de horas, pero mantiene la posibilidad de que el patrón distribuya el tiempo de tal forma que se sigan laborando seis días a la semana con turnos más cortos, diluyendo el beneficio del descanso compacto.Aun así, es benéfico para el trabajador, cierto, pero muy distinto a la promesa de los dos días de descanso por cinco de trabajo.
Más preocupante aún es el cambio en el régimen de horas extraordinarias. Actualmente, la ley permite hasta 9 horas extras pagadas al doble; cualquier exceso se paga al triple. La reforma aprobada amplía este margen a 12 horas extras pagadas al doble. En la práctica, esto abarata el costo de la jornada extendida para el empleador. Se prometió menos trabajo y más descanso, pero se está legalizando una estructura que incentiva trabajar más horas por un costo menor de lo que representaría hoy mismo en ciertos niveles de exceso horario.
Tomemos un caso concreto para ilustrar el riesgo. Un trabajador que hoy labora 60 horas semanales (un escenario relativamente común en ciertos sectores operativos) podría ver una reducción en sus ingresos durante el primer año de vigencia (2026). ¿Por qué? Porque bajo la ley actual, las horas de la 58 a la 60 se le pagan al triple. Con la nueva norma, esas mismas horas pasarían a pagarse al doble, ya que el tope de «horas dobles» subió a 12. Es la paradoja de una reforma que, en el corto plazo y para quienes más trabajan, podría significar ganar menos dinero por hacer el mismo esfuerzo.
Además, debemos ser realistas sobre la gradualidad. La meta de las 40 horas no se alcanzará mañana, sino hasta el año 2030, con una reducción paulatina (48 horas en 2026, 46 en 2027, y así sucesivamente). Esta transición, aunque responsable para la estabilidad económica, posterga el bienestar inmediato de las familias mexicanas, y abre un escenario que a largo plazo plantea un desafío: Cuando lleguemos a la jornada de 40 horas en 2030, es ingenuo pensar que las empresas simplemente pagarán horas dobles y triples por los sábados. Lo más probable es que veamos una reconfiguración del mercado: las empresas contratarán personal de relevo solo para fines de semana. Si bien esto garantiza el anhelado descanso de dos días para el trabajador principal, también eliminará el ingreso extra que muchos utilizaban para completar el gasto familiar.
No estaría nada mal que la Cámara de Diputados hiciera las correcciones necesarias para garantizar que, quienes trabajan exclusivamente 48 horas, sin horas extras, ahora trabajen 40 con la misma paga y gozando de dos días continuos de descanso, pero que, por otro lado, quienes ahora trabajan horas extras, las mismas les sigan siendo pagadas al doble y al triple como corresponde con la ley actual y nunca menos de eso, y que además, no sea tan sencilloreemplazarlos los fines de semanas solo para evitar el pago de horas extras.
En conclusión, aunque es de celebrarse el avance hacia la modernidad laboral, no debemos dejarnos engañar por el anuncio. La reforma, tal como está planteada, corre el riesgo de ser una victoria de papel si no se acompaña de candados firmes contra el abuso del tiempo extraordinario y una garantía real de dos días de descanso efectivo. De lo contrario, como suele pasar, habremos cambiado el texto de la Constitución, pero no tanto la realidad, que en este caso es la del cansancio en los rostros de los trabajadores.


