Marcos Pérez Esquer
Por alguna razón que la psicología social todavía no termina de descifrar, cada vez que la humanidad se aproxima a un nuevo salto tecnológico, resurgen con entusiasmo casi religioso quienes aseguran que el anterior nunca ocurrió. Hoy, el programa Artemis vuelve a poner a la Luna en la conversación pública y, con ello, a los conspiracionistas que aseguran que nunca llegamos.
El fenómeno es fascinante: frente a un hecho histórico documentado hasta el agotamiento, hay quienes deciden no dudar de sus creencias, pero sí de la realidad. Y lo hacen, además, con una seguridad envidiable. Como si medio millón de personas participantes, decenas de misiones, miles de horas de transmisión y un contexto geopolítico de Guerra Fría no suficientes.
Los argumentos son siempre los mismos. Se repiten con la persistencia de una letanía. Que si Nixon “llamó por teléfono” a los astronautas -como si la radio de onda corta fuera un invento posterior a WhatsApp; que si no se ven estrellas en las fotos -como si la exposición fotográfica no existiera; que si la bandera “ondea” -sin reparar en que, precisamente por no haber aire, no se detiene de inmediato.
Lo interesante no es que existan dudas. Dudar es sano; de hecho, es el motor del conocimiento. Lo verdaderamente llamativo es el tipo de duda: una duda selectiva que no busca respuestas, sino confirmación. Porque todas estas preguntas tienen respuestas técnicas sencillas, verificables y, en muchos casos, enseñadas en cursos básicos de física o fotografía. Pero aceptar esas respuestas implicaría abandonar la narrativa épica del engaño global, y eso es mucho menos entretenido.
Tomemos un ejemplo particularmente ilustrativo: las sombras en la superficie lunar. Para el conspiracionista, si las sombras no son perfectamente paralelas, entonces hay múltiples fuentes de luz artificial. Para cualquier persona que haya caminado sobre terreno irregular es decir, cualquiera-, esto es simplemente el resultado de la topografía. Pero claro, admitirlo implicaría aceptar que la explicación no requiere un complot internacional, sino un poco de sentido común.
Otro clásico: la ausencia de un cráter bajo el módulo lunar. La expectativa parece ser que el alunizaje debía parecerse a una escena de película de acción, con explosiones incluidas. La realidad es más aburrida: motores que se apagan antes del contacto, empuje distribuido y un suelo compacto. Física elemental, otra vez.
Y así podríamos seguir. Los trajes espaciales con cierres que no comprometen la presurización; las fotos “perfectas” que en realidad son una selección entre miles de tomas fallidas; las piedras con letras que resultan ser defectos de reproducción. Cada argumento conspiracionista cae rápido por los suelos si se le examina con un mínimo de rigor.
Pero hay uno que merece especial atención: “si fuimos a la Luna, ¿por qué no se ve el módulo con telescopios?”. La respuesta suele decepcionar: porque es demasiado pequeño para la distancia. No hay nada más frustrante para una teoría conspirativa que una explicación simple. Y tampoco ayuda que la evidencia contraria -como las imágenes del Lunar Reconnaissance Orbiter mostrando los sitios de alunizaje- sea sistemáticamente ignorada.
Ahora bien, el argumento definitivo no está en la física, sino en la política. En plena Guerra Fría, la Unión Soviética tenía todos los incentivos del mundo para desenmascarar un fraude de semejante magnitud. Tenía la capacidad técnica para hacerlo. Tenía la motivación ideológica. Y, sin embargo, no lo hizo. Más aún: felicitó a Estados Unidos por el logro. Sostener la teoría del fraude implica, por tanto, suponer no solo la complicidad de cientos de miles de personas en Estados Unidos, sino también el silencio cómplice de su principal enemigo. Es decir, implica creer en una complot aún más improbable que el propio viaje a la Luna.
En fin, parece que vivimos en una época en la que la verdad se ha vuelto una cuestión de preferencia personal. Y ahí, cualquier disparate tiene clientela.
Mientras tanto, el programa Artemis avanza con la intención de regresar a la Luna, establecer una base y preparar el camino a Marte. Paradójicamente, es probable que, cuando eso ocurra alrededor del 2034, haya quienes aseguren que tampoco sucedió. Porque, en el fondo, el conspiracionismo no es una teoría sobre el pasado, sino una postura renuente frente a la verdad, el conocimiento y la ciencia.


