Jorge Camacho Peñaloza
Brasil escribió este domingo una página sin precedentes. Luiz Inácio Lula da Silva, a sus 80 años, ganó la segunda vuelta presidencial frente al senador ultraderechista Flávio Bolsonaro. Es el primer presidente en la historia del país que conquista cuatro mandatos por la vía del voto popular. Con más del 98 por ciento de las urnas escrutadas, el Tribunal Superior Electoral le otorgaba alrededor del 51.7 por ciento de los votos válidos, frente al 48.3 de su rival. Gobernará hasta los primeros días de 2031.
Lo inédito no es solo el número de mandatos, sino el camino. Hace tres semanas, en la primera vuelta, Flávio Bolsonaro terminó adelante, con 47 por ciento contra 45 de Lula, y las últimas encuestas lo daban como favorito. Revertir esa ventaja en 21 días es una remontada que Brasil no había visto en su vida democrática. La jornada reflejó esa tensión: se amplió el horario de votación, el conteo favoreció durante horas a Bolsonaro y el desenlace se definió voto a voto.
¿Qué cambió? Primero, el tono. La campaña de Lula dejó de explicar y empezó a conmover. Apeló al corazón y a la memoria de los años en que millones de brasileños salieron de la pobreza, a una nostalgia que en política suele subestimarse. Frente a la incertidumbre, el elector no siempre elige la novedad; muchas veces elige lo que ya conoce y alguna vez le dio certezas.
Segundo, la intensidad. En las últimas tres semanas, la campaña del presidente aumentó su inversión en pauta, y sus redes sociales alcanzaron a los sectores que aún no habían decidido su voto. Fueron electores que se convencieron al final, algunos incluso en la fila para votar. En elecciones de margen estrecho, ese último tramo no es un detalle: es la elección.
A ello se sumó el respaldo de figuras internacionales que, en los días finales, se pronunciaron a favor de Lula y reforzaron la imagen de un liderazgo con peso más allá de sus fronteras.
Del otro lado, la derrota debe ser dolorosa y merece un análisis a fondo. El bolsonarismo llegó a la segunda vuelta con la ventaja, el impulso y una oferta que se antojaba más atractiva para un electorado cansado. Sin embargo, su candidato dejó de comunicar con la intensidad y la disciplina que lo habían llevado al primer lugar. En política, la ventaja que no se cuida se pierde, y la que se da por ganada se pierde más rápido.
La lección rebasa a Brasil. Una propuesta puede ser más atractiva en el papel y aun así perder frente a un pasado que no garantiza avance, si ese pasado sabe contarse mejor. Las campañas no se ganan solo con ideas, se ganan con emoción, presencia y constancia hasta el último minuto. Lula lo entendió. Flávio Bolsonaro, no.
Para América Latina, el resultado abre una nueva etapa, con un Brasil partido casi por mitades. Lula ya ganó la elección; ahora tendrá que ganar la gobernabilidad.


