La patria impecable
La pregunta no es si seguimos queriendo a México,
sino qué México estamos queriendo
Por Mauricio Leyva Castrejón
“La Patria es impecable y diamantina”. Así comienza una de las imágenes más conocidas de La suave patria, el poema que Ramón López Velarde escribió en 1921, cuando México todavía llevaba sobre el cuerpo las heridas de la Revolución. Pero aquella patria no era una estampa de calendario ni una bandera sin manchas. López Velarde sabía que México podía ser una tierra luminosa y herida al mismo tiempo. Una patria que se amaba no por sus discursos, sino por sus pequeñas cosas: el pan, la provincia, los aromas, las calles, los árboles, la música. Una patria hermosa precisamente porque no era perfecta. Por eso resulta extraño volver al poema cada septiembre y leerlo solamente como una declaración sentimental. La suave patria contiene una incomodidad que suele perderse entre los actos cívicos y las banderas. En sus versos aparecen la miseria, la violencia y las contradicciones de un país que intentaba levantarse después de una década de sangre. La patria de López Velarde era suave, pero no ingenua.
“Tu sonora miseria es alcancía”, escribió. Un siglo después, la frase conserva una dureza difícil de ignorar. México ha cambiado de rostro, pero la pobreza todavía no es una estadística para millones: es la medida diaria de lo posible. Mientras una parte del país habla de modernidad, otra continúa contando lo indispensable para llegar al siguiente día. La contradicción aparece también en la violencia. López Velarde escribió de una patria que vivía “entre los tiros de la policía”. El México de hoy no es el de la Revolución, pero sigue enfrentando una violencia con rostros concretos: personas desaparecidas, mujeres víctimas de feminicidio, comunidades desplazadas y periodistas amenazados por hacer su trabajo. También resulta imposible ignorar otra imagen del poema: “Tu casa todavía es tan grande”. México sigue siendo una casa enorme, pero una casa deja de ser refugio cuando algunos de quienes viven en ella tienen que abandonarla por miedo. El desplazamiento forzado convierte la palabra casa en algo menos sencillo de lo que parece. Tener un lugar al cual regresar debería ser una forma elemental de pertenecer a una nación. Quizá ahí se encuentre una diferencia entre la patria que imaginó López Velarde y la que hoy estamos construyendo. Él pudo mirar un país contradictorio sin dejar de reconocerlo como propio. Nosotros corremos el riesgo de acostumbrarnos a las contradicciones hasta convertirlas en paisaje: desapariciones, feminicidios, corrupción, impunidad, periodistas amenazados y comunidades obligadas a abandonar su casa. Y también a que la ley no pese igual sobre todos.
Eso también modifica nuestra manera de sentir la patria. Septiembre suele pedirnos orgullo, celebración, bandera, música, fiesta. Todo ello forma parte de México. Pero una nación no se mide solamente por la emoción de una ceremonia, sino por la seguridad que ofrece, la justicia que garantiza y la dignidad con que trata a sus habitantes. López Velarde no necesitó una patria perfecta para amarla. Le bastó reconocer sus contradicciones.
Por eso La suave patria sigue siendo un poema incómodo: no permite separar la belleza de la herida. Este septiembre, quizá convenga leerlo con la incomodidad de quien se mira en un espejo. La pregunta no es si seguimos queriendo a México, sino qué México estamos queriendo cuando decimos que amamos a la patria. Porque López Velarde pidió que la patria fuera fiel a su espejo diario.
Acaso el problema de nuestro tiempo sea que el espejo ya no devuelve una sola imagen de México, sino muchas: algunas luminosas, otras dolorosas y algunas que preferiríamos no mirar.


