La otra esquina

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El nuevo pacto de Fausto

Nunca nos engañan, nos engañamos a nosotros mismos.

Goethe

Por Mauricio Leyva Castrejón

El 28 de agosto se conmemora el natalicio de Johann Wolfgang von Goethe, nacido en Frankfurt en 1749. Su nombre está ligado a una de las cumbres de la literatura universal y, particularmente, a Fausto, obra monumental que acompañó buena parte de su vida. La primera parte apareció en 1808; la segunda, después de su muerte. Fausto representa al hombre atormentado por saber demasiado y, al mismo tiempo, desesperado porque ese conocimiento no le basta.  El hombre contemporáneo enfrenta, en cierto sentido, el problema inverso: tiene acceso a una cantidad casi infinita de conocimiento, pero cada vez existe más tentación de no adquirirlo por sí mismo.  Ahí está una de las paradojas de nuestro tiempo. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para aprender y, sin embargo, comienza a extenderse la idea de que aprender ya no es necesario. Basta con preguntar. Una pantalla responde y una inteligencia artificial redacta, traduce, explica y resuelve.

El problema no es la tecnología. Aparece cuando la herramienta deja de ayudarnos a pensar y comienza a pensar en nuestro lugar. Durante siglos, adquirir conocimiento implicó leer, investigar, comparar y equivocarse. Ese recorrido no solo producía información; también formaba criterio. Hoy podemos saltarnos buena parte del camino y obtener una respuesta inmediata. La comodidad es extraordinaria, pero también lo es el riesgo. Porque una cosa es tener acceso al conocimiento y otra muy distinta es comprenderlo. Fausto hizo un pacto para atravesar los límites de lo que sabía. Nuestro tiempo podría estar construyendo un pacto diferente: renunciar al esfuerzo de saber a cambio de la comodidad de recibir respuestas. No hay aquí un Mefistófeles visible. El nuevo pacto puede llegar con la apariencia de una aplicación, un buscador o una inteligencia artificial. No es el demonio quien nos ofrece saberlo todo; somos nosotros quienes, algunas veces, aceptamos dejar de aprender porque una máquina puede hacerlo más rápido. Y esto tiene consecuencias que van más allá de la tecnología. Una sociedad que deja de leer, de investigar y de formar su propio juicio se vuelve más vulnerable a la manipulación. Quien no conoce la historia depende de quién se la cuente. Quien no sabe distinguir un argumento de una ocurrencia puede confundir información con verdad.

Goethe entendió que el deseo humano puede ser creador y, al mismo tiempo, destructivo. Esa ambivalencia explica buena parte de la vigencia de Fausto. Seguimos queriendo más: conocimiento, poder, velocidad, vida. La diferencia es que hoy disponemos de instrumentos capaces de multiplicar nuestros deseos a una velocidad que Goethe jamás pudo imaginar.

Por eso volver a Fausto no es nostalgia literaria. Es regresar a una pregunta pendiente: ¿qué queremos hacer con aquello que somos capaces de alcanzar?

Fausto quería conocerlo todo. Nosotros tenemos la posibilidad de acceder a casi todo, pero quizá estamos olvidando algo elemental: que ninguna tecnología puede sustituir la voluntad de comprender. El peligro no es que las máquinas sepan demasiado, es que nosotros terminemos conformándonos con saber cada vez menos.

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