La otra esquina

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Literatura y Fútbol

Todo cuanto sé con mayor certeza acerca de la moral

 y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol.

Albert Camus

Por Mauricio Leyva

En el marco de este mundial de fútbol soccer distribuido entre México, Canadá y Estados Unidos de Norteamérica, vale la pena reflexionar sobre la literatura y su relación con este deporte apasionante que por mucho ha sido considerado el alma de algunos pueblos. Aun cuando en lo general persiste una vieja costumbre intelectual de mirar al fútbol por encima del hombro, incapaz de producir algo más profundo que la euforia de un domingo, sólo basta recorrer la historia de la literatura para descubrir que los grandes escritores siempre han sabido que allí donde una multitud ríe, llora, espera o se reconoce, existe también una historia digna de ser contada. El fútbol, como la literatura, habla del ser humano enfrentado al destino. Un partido puede condensar en noventa minutos lo que una novela desarrolla a lo largo de cientos de páginas: la incertidumbre, la derrota, la redención, la gloria efímera y la memoria. Ambos lenguajes comparten el mismo combustible: la emoción.

Resulta inevitable recordar la célebre frase de Albert Camus: «Todo cuanto sé con mayor certeza acerca de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol». Antes de convertirse en uno de los grandes escritores del siglo XX, Camus fue portero en Argel. Desde ese sitio privilegiado comprendió que el error puede perseguir toda una vida y que la responsabilidad suele ser más pesada que la fama. No hablaba únicamente de un deporte; hablaba de la condición humana. En contraste, Jorge Luis Borges nunca ocultó su desdén hacia el fútbol. Llegó incluso a calificarlo de espectáculo artificial y cuestionó su popularidad. Sin embargo, esa aparente contradicción terminó enriqueciendo el debate cultural. Porque incluso quienes rechazaban el fútbol se veían obligados a pensar en él. Pocas manifestaciones populares han provocado tantas discusiones entre filósofos, escritores y artistas. Quien sí entendió el carácter poético del balón fue Eduardo Galeano. En El fútbol a sol y sombra escribió que el juego había nacido para divertir y terminó convertido en una industria donde el negocio muchas veces intenta domesticar la imaginación. Aun así, Galeano nunca perdió la capacidad de asombro frente al regate imposible, el pase inesperado o el gol que desafía toda lógica. Su libro sigue siendo una lección de cómo narrar el fútbol sin renunciar a la belleza literaria.

En México esa conversación encontró un interlocutor privilegiado en Juan Villoro. Pocas plumas han explicado con tanta claridad que un estadio también es una biblioteca de emociones. Cada aficionado llega con su propia biografía, sus derrotas personales y sus pequeñas victorias cotidianas. Durante noventa minutos, todas esas historias individuales confluyen en una sola narración colectiva. Quizá por eso el fútbol resiste los prejuicios de quienes lo consideran un espectáculo superficial. En realidad, funciona como una inmensa metáfora de la sociedad. En la cancha aparecen la solidaridad, el egoísmo, la estrategia, la improvisación, la justicia y también la injusticia.  El fútbol no sólo llena estadios; también alimenta relatos. Al final, leer un gran libro y presenciar un gran partido producen una emoción semejante: ambos nos recuerdan que el ser humano sigue buscando sentido en medio del azar. La literatura escribe con palabras; el fútbol, con movimientos. Pero los dos dejan huellas en la memoria y nos permiten imaginar, aunque sea por un instante, que la belleza todavía puede aparecer cuando nadie la espera.

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