Alrededor de ocho millones de personas se movilizaron en los 50 estados de EE. UU. bajo el lema «No Kings» para manifestarse contra la administración de Donald Trump. El movimiento, que coordinó más de 3,300 protestas, denunció lo que califican como un ejercicio autoritario del poder y criticó las recientes políticas migratorias y militares.
Las principales demandas de los manifestantes se centraron en el rechazo a la guerra en Irán, la cual asocian con el incremento en los precios de combustibles e inflación, así como en los presuntos abusos del Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE). El epicentro de la indignación fue Mineápolis, donde la muerte de dos ciudadanos a manos de agentes fronterizos en enero pasado intensificó las consignas de «Sin justicia no habrá paz».

Mientras las movilizaciones se extendían por ciudades como Nueva York, San Francisco y Washington D.C., la Casa Blanca desestimó las protestas calificándolas de «sesiones de terapia». No obstante, la jornada coincidió con reportes de división interna en sectores conservadores respecto al conflicto armado y con encuestas que sitúan la desaprobación de la gestión presidencial en un 59 %.
Organizadores y activistas demócratas señalaron que esta tercera edición de la jornada nacional es una respuesta directa a la política exterior y de seguridad interior. Por su parte, el oficialismo mantiene su postura de minimizar el impacto de las marchas, atribuyéndolas a un sesgo de la oposición.


