Nuevo orden

Fecha:

Hace dos semanas advertí en esta columna que la decisión unilateral y extralegal del gobierno de Donald Trump de derrocar al régimen venezolano -con todas las bondades que implica la salida de un dictador- enviaba también un mensaje inquietante al mundo: en el nuevo orden internacional, el respeto ya no se funda en la soberanía nacional o el derecho internacional, sino en el poder puro y duro. 

Ayer, en el Foro Económico Mundial de Davos, el primer ministro canadiense, Mark Carney, puso puntos y comas a esa intuición al llamar a las potencias intermedias a coordinarse para no quedar a merced de las grandes potencias, y al anunciar la duplicación de su gasto militar. El diagnóstico es claro: el orden liberal internacional se terminó, y la ley del más fuerte ha regresado con brutalidad geopolítica.

Hemos pasado de un sistema basado -al menos en el discurso- en normas, multilateralismo y previsibilidad, a un “modelo agitado” (según lo ha denominado el CIDOB) dominado por el pragmatismo transaccional, la coerción económica y el intervencionismo sin pudor. En este contexto, la conducta estadounidense en Venezuela, Groenlandia o Panamá, es menos una anomalía que un síntoma. Es la confirmación de que las reglas dejaron de ser vinculantes para quien tiene la capacidad de imponer su voluntad.

Para potencias intermedias como Canadá, Alemania o Japón, la respuesta plausible es la articulación: sumar capacidades económicas, tecnológicas y diplomáticas para equilibrar el peso de las grandes potencias. Pero México no está en esa categoría (tanto así que Carney nunca mencionó a México, ni al T-MEC). Tampoco es un aliado central del Sur Global, ni una potencia militar, ni un actor tecnológico. En la lógica descarnada que hoy domina, México es totalmente vulnerable.

La pregunta, entonces, no es qué debería hacer el mundo, sino qué puede hacer México en un escenario donde la fuerza militar, la disuasión y el poder económico concentran el respeto. Y aquí aparece una variable que ningún otro país del mundo tiene en esta magnitud: 36 millones de personas de origen mexicano viviendo en Estados Unidos. Doce millones nacieron en México -aproximadamente la mitad en condición migratoria irregular-y otros veinticuatro millones son nacionales o ciudadanos estadounidenses, hijos o nietos de mexicanos.

En un orden internacional que ya no respeta a los Estados sino los intereses, esta diáspora no es un problema: es un activo estratégico. Ningún tratado comercial, ningún acuerdo migratorio y ninguna nota diplomática pesa tanto como una comunidad económicamente poderosa y políticamente activa dentro del propio sistema estadounidense. Esa población consume, produce, vota, financia campañas y define elecciones locales, estatales y federales. Si se articula políticamente, puede enviar un mensaje claro a la clase política de Washington: a México hay que tratarlo bien.

Esto no implica injerencia ni conspiración. Implica algo mucho más elemental: organización cívica, ciudadanización, participación política y sentido de pertenencia. México, durante décadas, ha visto a su comunidad en Estados Unidos solo como una fuente de remesas. Hoy, en cambio, debería verla como un factor de poder real en un mundo que cada vez se rige menos por el derecho internacional.

El problema es que, en la lógica actual, el resto del mundo puede leer el nuevo orden como uno en el que solo los países militarmente poderosos están verdaderamente a salvo. Ese es el mensaje oscuro que envía Trump al mundo todos los días. Pero justo por eso México debe jugar con las cartas que sí tiene. Y su mayor carta no está en los cuarteles ni en los arsenales, sino en la vida cotidiana de millones de personas que cruzan, habitan y transforman Estados Unidos todos los días.

Si México logra fortalecer los vínculos con esa comunidad, promover su participación política, y reconocerla como parte central de su proyecto nacional, puede construir una posición preferencial frente a su vecino del norte. No por miedo, sino por costo político. No por fuerza, sino por influencia legítima.

Cuando el orden basado en reglas cede ante la ley del más fuerte, la única alternativa viable para países vulnerables no es la resignación, sino la inteligencia estratégica. Y para México, esa inteligencia empieza por reconocer que su arma más poderosa ya no es geográfica o comercial, sino política y humana.

spot_img

Compartir noticia:

spot_img

Lo más visto