Cuántas mujeres olvidadas porque ni siquiera ellas mismas pudieron,
pueden o podrán decir ‘esta boca es mía’,
‘este cuerpo es mío’, ‘esto es lo que yo pienso’.
El 25 de enero de 1882 nació Virginia Woolf, a quien honramos en el marco de la conmemoración de su natalicio invocando una de sus obras capitales: Una habitación propia. Esta obra es una de sus aportaciones más destacadas a la literatura y al feminismo moderno. Un lector despistado podría suponer que, al haber dicho “una mujer debe disponer de dinero y una habitación propia si quiere escribir ficción”, se refería a un tema de derechos laborales o a un reclamo legítimo por tener un lugar propio. Sin embargo, el asunto es más profundo e importante, porque analiza la voz antes de las voces; las lecturas de la vida —porque la mujer es, antes que nada, una gran lectora de la vida— antes de las lecturas de los libros, cuando la referencia o la tradición literaria femenina no existía.
De hecho, aborda la escritura femenina considerándola más importante que la Cruzada o la Guerra de las Rosas, siendo el punto de partida las obras de Jane Austen, las hermanas Brontë y George Eliot. Y aun cuando Woolf es, sin lugar a dudas, una de las exponentes más descollantes del pensamiento femenino moderno, no deja de llamar la atención una de sus primeras figuras retóricas cuando habla del “feminismo acabado” de Miss Rebecca West. En este capítulo parece que estamos frente a un estereotipo, pero nada está más alejado de la realidad.
Jane Austen y Emily Brontë fueron voces femeninas que supieron escribir desde su propia voz, sin tratar de imitar la de los otros, la de los hombres. La mujer se arriesga a escribir en una época en la cual hacerlo era un riesgo de vida. No sin razón, Charlotte Brontë desafiaba: “Quien quiera censurarme, que lo haga”. Ese desafío es, desde luego, para el mundo masculino, para el macho que no permite la libertad de expresión ni el desarrollo de la palabra, porque, al fin de cuentas, la palabra es poder: con ella se nombra y se adjetiva el mundo; con las palabras se construye la paz o se declara la guerra.
La discriminación hacia la literatura femenina o hacia las mujeres escritoras, en un oficio considerado propio de hombres, era visible en las críticas mordaces o en la nula circulación de sus obras:
¡Qué genio, qué integridad debieron de necesitar, frente a tantas críticas, en medio de aquella sociedad puramente patriarcal, para aferrarse, sin apocarse, a la cosa tal como la veían! Sólo lo hicieron Jane Austen y Emily Brontë. Esto añade una pluma, quizá la mejor, a su tocado. Escriben como escriben las mujeres, no como escriben los hombres. De todos los miles de mujeres que escribieron novelas en aquella época, sólo ellas desoyeron por completo la perpetua amonestación del eterno pedagogo: Escribe esto, piensa lo otro. Virginia Woolf
De hecho, la escritura femenina era una escritura solitaria, sin mayor ambición que la expresión por sí y para sí; quizá en ello radique su honestidad y su fuerza. Por esa razón, recordar a Virginia Woolf —una de las voces más impactantes e influyentes en la historia de la literatura— y retomar su afirmación de que la escritura de la mujer debe ser más corta, diferente, cercana a la voz femenina y mayormente alejada de lo establecido por el hombre, es algo que debemos celebrar como una heroica reiteración de la dignidad femenina, de sus derechos y de su libertad.


