Un tonto sabio es más tonto que un tonto ignorante
Este 15 de enero se conmemoró el natalicio de Molière, padre fundador de la comedia moderna y autor de obras como El Tartufo, El avaro y El enfermo imaginario. Jean-Baptiste Poquelin“Molière” (1622-1673) transformó la comedia al combinar humor con crítica social, psicológica y moral. Sus obras no solo hacían reír, sino que también hacían reflexionar. En México, llamada entonces la Nueva España, fue el cura Miguel Hidalgo y Costilla (quien tenía un profundo gusto por la literatura francesa del siglo XVII) quien tradujo a Tartufo porque consideraba su crítica a la hipocresía una representación fiel de ciertos comportamientos sociales y religiosos. Este último componente no sólo tuvo la atención de Miguel Hidalgo sino que el escritor francés se elevó como Escritor Universal precisamente porque sus obras exhibían a la sociedad de su época ridiculizando la hipocresía, el abuso de poder, la falsa religiosidad y los matrimonios por interés. Molière creó personajes que representan defectos humanos universales. Utilizaba el humor, la ironía y la exageración para desenmascarar a quienes aparentaban virtud, pero actuaban movidos por intereses personales.
Al provocar la risa, Molière lograba que el público reconociera estos vicios en sí mismo y en los demás. Su teatro sugiere que la corrupción moral no es sólo un problema individual sino social, y que la comedia puede ser una herramienta eficaz para criticar, revelar y corregir los defectos humanos. La crítica social que hacía Molière puede establecerse fácilmente como un paralelismo con la política actual, porque los vicios que denunciaba no pertenecen solo a su época, sino que siguen presentes en las estructuras de poder contemporáneas.
En El Tartufo, Molière critica la hipocresía de quienes utilizan el discurso moral o religioso para obtener poder e influencia. En la política actual, este paralelismo se observa cuando líderes o partidos apelan a valores éticos, patrióticos o religiosos no para servir al bien común, sino para legitimar intereses personales, manipular a la opinión pública o desacreditar a sus adversarios. En El avaro, la avaricia de Harpagón puede compararse con una política dominada por intereses económicos, donde las decisiones públicas se subordinan al beneficio privado. La reducción de lo humano a cifras, presupuestos o ganancias refleja una corrupción similar: el dinero se convierte en el valor supremo, por encima de la justicia social o el bienestar colectivo.
En El enfermo imaginario, Molière denuncia la ignorancia y el abuso de autoridad. Este paralelismo se manifiesta hoy cuando el poder político se apoya en discursos técnicos o “expertos” para imponer decisiones sin transparencia, aprovechándose del miedo de la población (crisis sanitarias, económicas o de seguridad) para controlar o justificar excesos.
En conjunto, Molière logra revelar la corrupción de la naturaleza humana mediante personajes dominados por un solo vicio, la exageración cómica y el contraste entre apariencia y realidad. Al hacer reír al público, lo obliga a reconocer estos defectos como parte de la condición humana y de la sociedad misma. Y es por ello, que uno de los grandes dramaturgos de la humanidad debe ser releído y valorado en su justa dimensión porque su verdad, siempre fue una verdad completa, divertida, dolorosa y poderosamente reflexiva.


