Latinoamérica y la Guerra Comercial

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La entrada de los aranceles “recíprocos” impuestos por el gobierno de Estados Unidos a prácticamente todos los países del mundo, sumado a los previos en la industria automotriz, del aluminio y acero, y en días recientes el anuncio de la respuesta de China o las represalias previstas por la Unión Europea, ahora sí marcan el inicio de una guerra comercial de dimensiones, duración y resultados imprevisibles, la cual traerá una nueva configuración al orden económico internacional de libre comercio establecido después de la segunda gran guerra, aunque para algunos no es más que el reacomodo territorial del gran capital encarnado en los grandes corporativos, y para otros más pesimistas es ya la puesta en marcha del escenario para la escalada bélica global y su macabro negocio.

Una de las lecciones más dolorosas de las naciones de América Latina, además de una recesión generalizada, será el triste lastre de la dependencia de su economía ante Estados Unidos, una condición que prácticamente no ha cambiado desde inicios del siglo XX, la cual reduce cualquier capacidad de respuesta y las enfrenta a una realidad de soberanías endebles sometidas a los designios del imperio.

Aún así, diversos analistas prevén ciertas oportunidades para el mediano plazo en la diversificación de mercados de naciones más o menos industrializadas como Brasil, que podrían expandir aún más sus exportaciones automotrices, o las economías del cono sur cuya agroindustria y producción cárnica pudieran verse beneficiadas. Incluso, las políticas proteccionistas y regionalizadas previstas en todo el orbe pudieran derivar en una mayor integración al interior de América Latina o mayores alianzas con China, esto a pesar de las presiones del gobierno estadounidense y el complicado escenario geopolítico propio de la región.

México, dependiente de EU en más del ochenta por ciento de sus exportaciones, ha colaborado con todas y cada una de las exigencias de Trump. La entrega de líderes del narcotráfico, el acecho de la inteligencia militar estadounidense y el freno al flujo migratorio no han sido suficientes, y un próximo paso podría ser la entrega de datos biométricos de los mexicanos, por más que la presidenta Sheinbaum afirme que su iniciativa de CURP con foto y biométrica sea mera coincidencia. 

Quienes hoy están en el gobierno defienden lo que hace dos o tres décadas era motivo de su lucha: el libre comercio, la militarización del territorio nacional y la complacencia por mantenerse como el patio trasero. No se puede culpar al gobierno por intentar proteger los intereses de su economía ligada a la de su vecino del norte: el problema es que sea su única estrategia.  

Así, mientras diversas naciones intentarán establecer nuevos bloques comerciales y alianzas inéditas, EU usará los aranceles diferenciados para presionar uno a uno y avanzar en sus intereses, y México en lugar de buscar la integración regional hacia el sur o aprovechar la relocalización de cadenas de suministro, continuará en la triste condición que teóricos latinoamericanos como René Zavaleta señalaron desde hace más de cuarenta años, una donde lejos de poder resistir a las presiones, y al tiempo que busca proteger la estabilidad interna, contribuimos como país a la dominación política y económica de quien pretende mantenerse como el hegemón global, así como a las aspiraciones dictatoriales de su enloquecido presidente.

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