Si la mitad de los ciudadanos que hoy se indignan por los problemas de otros países,
Se preocuparan con el mismo fervor de los que tenemos en el nuestro,
Seguramente tendríamos un país diferente en muchos aspectos.
Por Mauricio Leyva
«Ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio», es una frase que se encuentra en la Biblia, en Mateo 7:3-5 y Lucas 6:41-42, en un pasaje en el cual Jesús aborda el tema de la hipocresía cuando un individuo desea quitarle una pequeña astilla a su hermano mientras ignora la viga que tiene en su propio ojo. Esta hipérbole tiene como objetivo dar una lección de autoevaluación, humildad y caridad antes de criticar a los demás; dicha frase aconseja introspección y autoconciencia, al mismo tiempo que exhibe una enorme falta de congruencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace quien juzga a los demás sin reconocer sus propias fallas. La práctica de “ver la paja en el ojo ajeno” es normal en Ficticia, una nación en donde los feminicidios son una realidad, una patria en la cual los ciudadanos deben pagar cuotas de piso a policías municipales que trabajan de sicarios cuando están “francos” en una tierra dominada por el narcotráfico y cuyos destinos los dirige una clase política sobradamente ignorante, escandalosamente corrupta e indolente ante las desapariciones forzadas. En aquella tierra, Ficticia, la sociedad que se destaca por su actitud apática ante los problemas de su país, se dio vuelo en las redes sociales condenando la intervención de Estados Unidos en Venezuela que llevó a la captura del dictador Nicolás Maduro. En mi calidad de corresponsal en Ficticia, constaté cómo personajes que nunca habían opinado sobre ningún tema se hicieron notar por su indignación ante la intervención de Estados Unidos en Venezuela; para resumir mi impresión, podría decirse que, de un golpe, había más venezolanos ficticios (gentilicio de los ciudadanos de Ficticia) que venezolanos de origen. Las críticas de quienes viven en Ficticia alcanzaron tal magnitud que los propios venezolanos, pidieron que dejaran de opinar sobre sus asuntos. Evidentemente, los habitantes de Ficticia opinaban como si vivieran en una nación perfecta, lo hacían sin darse cuenta de la atrocidad de la realidad en la que están sumidos y les hacía falta espacio en el universo infinito de las redes sociales para difundir sus elevados conceptos sobre la libertad, la democracia y el derecho. Sin darse cuenta de que el mundo que los observaba se percató de que un acontecimiento lejano, muy lejano de su nación, había resultado una válvula de escape para evidenciar, en sus críticas a otros gobiernos, aquello que no tenían ni tienen el valor de revelar sobre el suyo. Incluso los integrantes del Movimiento Organizado y Revolucionario de Estados y Naciones Aspiracionistas, afiliados del Partido Político en el Poder, resultaron ser los venezolanos más patrióticos de Venezuela. Actualmente, en Ficticia existen 120 millones de ciudadanos, el abstencionismo de estos ciudadanos se ubica por encima del 50%, reitero, es un país secuestrado por el narcotráfico, plagado de corrupción, inseguro para vivir y dirigido por la peor clase política de los últimos años; pero el deporte favorito, parece seguir siendo ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, criticar a los otros y así irse a la cama con el falso y patético paliativo de pensar que, por un instante, por un breve momento que postearon algo en las redes sociales, fueron revolucionarios y cumplieron con su deber moral ante una patria ajena.


