La otra esquina

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La Constitución ha muerto: nada por festejar.

La Constitución ha muerto…

Cuando ha llegado un 5 de febrero más y se encuentra entronizada la maldad

y prostituido al ciudadano… ¿Para qué recibir esta fecha, digna de mejor pueblo,

con hipócritas muestras de alegría?

Ricardo Flores Magón

La Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917 representa uno de los logros más importantes del México moderno. Surgida de la Revolución, estableció derechos sociales inéditos para su tiempo y buscó romper con décadas de autoritarismo, desigualdad y abuso de poder. La frase “La Constitución ha muerto”, tiene raíces profundas en la crítica política y social que ya se manifestaba desde finales del siglo XIX y principios del XX contra Porfirio Díaz. Durante el Porfiriato, la Constitución de 1857 seguía formalmente vigente, pero en la práctica era ignorada de manera sistemática.

El periódico satírico y combativo El Hijo del Ahuizote denunció la contradicción entre la legalidad escrita y el ejercicio real del poder señalando , además que, la Constitución era “una hoja seca de la tiranía” la cual existía sólo en el papel, mientras la represión, la censura y la reelección perpetua de Porfirio Díaz anulaban su espíritu. En ese clima de simulación jurídica comenzó a circular la idea de que la Constitución había sido “asesinada” por el propio régimen que decía respetarla. Los hermanos Flores Magón —Ricardo, Enrique y Jesús— retomaron y profundizaron esta crítica. Desde Regeneración y otros espacios periodísticos, los magonistas denunciaron que el Estado mexicano utilizaba la Constitución como una fachada para legitimar la opresión. Para Ricardo Flores Magón, la ley carecía de valor si no garantizaba justicia real para el pueblo. En sus textos advertía que una Constitución que no se cumple se convierte en un instrumento del poder y no en un límite para él. En ese sentido, la legalidad sin justicia era, para los magonistas, una forma de violencia.

La Constitución de 1917 intentó responder a estas críticas históricas. Incorporó derechos laborales, sociales y agrarios que reflejaban muchas de las demandas que los Flores Magón y otros movimientos revolucionarios habían defendido durante años. No obstante, más de un siglo después, la distancia entre el texto constitucional y la realidad vuelve a generar desencanto. La multiplicación actual de reformas para desaparecer instituciones y acabar con el equilibrio de poderes, la desigualdad persistente, la corrupción y la impunidad han llevado a muchos a repetir aquella sentencia incómoda: “La Constitución ha muerto”. Al igual que en tiempos del Porfiriato, existe la percepción de que los derechos consagrados en la ley no se traducen en condiciones de vida dignas para amplios sectores de la población. La justicia sigue siendo inaccesible para muchos, y el poder político y económico parece situarse con frecuencia por encima del marco constitucional.

La historia demuestra que la frase “La Constitución ha muerto” es un grito que convoca a generar conciencia y provocar la movilización porque una Constitución sólo vive cuando el pueblo la hace suya y exige su cumplimiento. Y eso, lamentablemente, no ha ocurrido y debe reflexionarse en el marco de su conmemoración este 5 de febrero. La Constitución Política Mexicana no está condenada, pero su vigencia depende de que deje de ser un símbolo vacío y recupere su función como herramienta de justicia, límite del poder y garantía efectiva de los derechos del pueblo.

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