La otra esquina

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El Día Internacional de la Conciencia

Para que el mal triunfe solo se necesita

que los hombres buenos no hagan nada.

Edmund Burke

Por Mauricio Leyva Castrejón

Cada 5 de abril, el Día Internacional de la Conciencia que conmemora la UNESCO nos invita a detenernos y mirar de frente aquello que, por repetido o distante, hemos aprendido a ignorar. En un mundo atravesado por profundas desigualdades, conflictos armados persistentes y crisis alimentarias, la conciencia no es un ejercicio abstracto, sino una urgencia moral. En un mundo atravesado por profundas desigualdades, hablar de pobreza implica reconocer que no es una fatalidad inevitable, sino una construcción persistente. Millones de personas viven sin acceso a servicios básicos, educación o atención sanitaria, no por falta de recursos globales, sino por su distribución profundamente desigual. La conciencia, en este caso, exige algo más que empatía: demanda incomodidad. Supone aceptar que los modelos económicos y las decisiones políticas —a menudo tomadas lejos de quienes más sufren sus consecuencias— perpetúan esta brecha. Visibilizar ya no es suficiente; urge cuestionar las estructuras que la sostienen.

Las guerras, por su parte, continúan marcando el pulso de nuestro tiempo. Conflictos prolongados, desplazamientos masivos, ciudades reducidas a escombros: las cifras se repiten con una frialdad que anestesia. Pero detrás de cada número hay historias truncadas y generaciones enteras que crecen bajo el peso de la violencia. La conciencia frente a la guerra no puede limitarse a la condena simbólica ni a la solidaridad pasajera. Exige una reflexión más profunda sobre los intereses geopolíticos, el comercio de armas y la normalización de la violencia como herramienta. También interpela a la ciudadanía global: ¿hasta qué punto la distancia nos vuelve indiferentes? El hambre es, quizá, la expresión más brutal de esta realidad. En un planeta que produce alimentos suficientes para todos, resulta éticamente inaceptable que millones de personas no tengan qué comer. Las crisis climáticas, los conflictos armados y las fallas en los sistemas de distribución agravan un problema que, en esencia, responde a decisiones humanas. La conciencia aquí no puede ser selectiva: no se trata solo de reaccionar ante imágenes impactantes, sino de sostener una mirada crítica sobre los sistemas que convierten el alimento en mercancía antes que en derecho. Pobreza, guerra y hambre no son fenómenos aislados. Se entrelazan, se refuerzan y configuran un círculo vicioso que atrapa a las poblaciones más vulnerables. La guerra destruye economías y sistemas agrícolas, generando pobreza y escasez. El hambre debilita sociedades, haciéndolas más propensas a conflictos. Y la pobreza limita las posibilidades de escapar de ese ciclo. La conciencia, por tanto, debe ser integral: no fragmentada ni ocasional.

Conmemorar el Día Internacional de la Conciencia cada 5 de abril no debería reducirse a declaraciones simbólicas. Es, o debería ser, una invitación a sostener una mirada crítica de manera permanente. A cuestionar nuestras formas de consumo, nuestras fuentes de información y nuestras reacciones frente al sufrimiento ajeno. En un contexto donde la sobreexposición a las tragedias puede llevar a la indiferencia, cultivar la conciencia se convierte en un acto de resistencia. Porque, en última instancia, la pregunta no es si sabemos lo que ocurre, sino qué hacemos con ese conocimiento. La conciencia, por sí sola, no transforma el mundo, pero es el primer paso —ineludible— para cambiarlo.

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