El poeta mayor de México
Por Mauricio Leyva Castrejón
Hoy te escribo, Jaime Sabines, desde el fondo de mí, es decir, desde mis demonios amotinados en las puertas de mi poesía. Te escribo como siempre, desde que te conocí de un “golpe de poesía”, ese que me diste hace más de 25 años, cuando de pronto golpeé el librero de mi abuela y cayó un libro, y se abrió en las páginas de un poema que a la letra se leía: “No es que muera de amor, muero de ti, amor, de amor de ti”. Y en seguida supe que la poesía no era las rimas arcaicas que se leían los lunes en los homenajes a la Bandera, ni eran esas odas debilitadas por las voces impostadas de absurdos declamadores. Contigo descubrí que la poesía tenía una fuerza que se colocaba por encima de lo común, y te reconocí único: animal, lento y amargo animal, como tú mismo lo decías en tu poema. Fuiste tú, Jaime Sabines, quien me cogió del cuello y me hizo testigo del acto brutal que cometiste durante muchos años, cada vez que hacías y deshacías el lenguaje a tu antojo.
Fuiste tú, Jaime Sabines, quien, llamado El Poeta Mayor de México, le dio la espalda a los poetas que se regocijaban en el culto personal y decidiste convertirte en un poeta peatón. Y así caminaste, Jaime Sabines, por las calles, los campos y las playas de nuestras vidas, y a quienes nos escondíamos en los parques, en los cines, en los tranvías, nos llamaste “Los Amorosos” y así nos bautizaste de una sola vez y para siempre, tatuándonos en la piel el brillo de esa luna que nos enseñaste a tomar a cucharadas y que, desde aquel poema, es imposible voltear a verla sin pensar en ti.
De hecho, me cuesta sacudirme el ruido de aquellos gatos de los que hablas cuando recuerdas ese cielo oscuro de México, con estrellas miedosas y el aire apretado. Sin embargo, me he levantado con la noticia de que hay que conmemorar los 100 años de tu nacimiento, que tuvo lugar el 25 de marzo de 1926, y entonces habrá que decir mucho o poco de ti, pero habrá que decir algo. Jaime, la tarea es difícil porque eras, eres y te has convertido en un poeta absoluto y sin parangón. Es cierto que saldrán los cobardes y los estúpidos a criticarte, a asumir actitudes intelectualoides para cuestionar tu poesía, que no ha hecho otra cosa que echar raíces en el alma de nuestra nación; pero tú ya nos robaste el corazón y el cielo estrellado, oscuro y ancho de nuestra existencia, y de una vez y para siempre nos has arrebatado y devuelto todo.
Has sembrado, Jaime, un amor que no se puede nombrar sin anunciar tu poesía. De tal suerte que habré de sumarme a conmemorar el día en que naciste, aunque me cuesta trabajo imaginar algo, porque todos los días te leo o te miro cuando participaste en el Palacio de Bellas Artes y México coreaba tus poemas como hoy se canta el Cielito Lindo. Por cierto, Jaime Sabines, ¿encontraste a Dios? La última vez que te leía reflexionabas: ¿Qué busco? Esa es una buena pregunta. He tratado muchas veces de encontrar a Dios y a la justicia.
Soy un pobre diablo que anda entre el cielo y el infierno. Soy una gente que quiere todo
y que no ha alcanzado nada. Durante meses o años, busco la justicia, el pan, la comida, la sal, la mujer, y hay momentos, breves momentos, en que he querido buscar a Dios. Nunca lo he encontrado; el día que lo frecuente, me quedo callado.


