La juventud nunca calla
Ser joven y no ser revolucionario,
es una contradicción hasta biológica.
Salvador Allende
Por Mauricio Leyva Castrejón
«Sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera, en cualquier parte del mundo». La frase de Ernesto “Che” Guevara, incluida en su carta de despedida a sus hijos, cobra fuerza cuando los jóvenes reclaman aquello que muchos creen que no les interesa: el futuro. La reflexión es pertinente cuando en Francia, considerada cuna de los derechos humanos, estudiantes y docentes han denunciado una respuesta policial violenta a sus movilizaciones. La protesta comenzó en Créteil, a las afueras de París, y se extendió por el país. Sus demandas son concretas: cubrir las plazas docentes vacantes, evitar que alumnos se queden sin preparación ni evaluación para graduarse, reducir el hacinamiento, reparar instalaciones y corregir horarios extenuantes.
La intervención policial, con gases lacrimógenos y detenciones, avivó la indignación. El 6 de octubre, las autoridades contabilizaron 266 mil manifestantes en Francia; los organizadores hablaron de 450 mil. Las marchas desmienten la imagen de una juventud dormida, distraída o enajenada en el celular. No son una generación perezosa que busque la vida fácil, ni jóvenes que confíen más en la inteligencia artificial que en sí mismos. Reclaman que la desigualdad no determine sus oportunidades. Sin embargo, los adultos les han impuesto etiquetas: millennials, generación Z, zoomers, generación de cristal, ninis, snowflakes. Se les acusa de ser frágiles, individualistas, adictos a las pantallas o incapaces de comprometerse. Pero han salido a la calle a contar su historia.
La Primavera Árabe, iniciada en Túnez en 2010, tuvo a jóvenes entre sus protagonistas contra el autoritarismo y la falta de oportunidades. En España, el 15-M cuestionó la precariedad y la representación política. En Chile, las protestas estudiantiles de 2011 denunciaron la desigualdad educativa; en Estados Unidos, March for Our Lives exigió respuestas ante la violencia armada. En Colombia, los jóvenes participaron en las movilizaciones de 2021; en México, movimientos estudiantiles y feministas han reclamado seguridad, justicia y derechos.
En Asia, las protestas de Hong Kong y Tailandia defendieron libertades y representación. En Myanmar, tras el golpe militar de 2021, jóvenes resistieron a la junta pese a la represión. En Bangladesh, las protestas estudiantiles de 2024 desembocaron en una revuelta que terminó con la salida de la primera ministra. En Nepal, las movilizaciones de 2025 expresaron el hartazgo ante la corrupción. En África, Y’en a Marre, en Senegal, cuestionó al poder, mientras #FeesMustFall, en Sudáfrica, combatió el costo de la educación universitaria. En Europa y Oceanía, Fridays for Future y las huelgas escolares por el clima exigieron actuar frente a la crisis ambiental.
No hay que idealizar estos movimientos: sus causas y resultados son distintos; algunos fracasaron y otros enfrentaron represión. Pero su existencia cuestiona el estereotipo de una juventud indiferente. Las redes pueden desinformar, pero también convocan, documentan abusos y conectan demandas aisladas.
Los estudiantes franceses no piden que les regalen el futuro: exigen herramientas para construirlo. Antes de llamarlos apáticos, escuchemos sus pancartas y preguntémonos por qué deben salir a la calle para reclamar maestros, aulas dignas y oportunidades. Los jóvenes no son espectadores del presente ni simples herederos del mañana. Son ciudadanos de hoy. La pregunta no es qué les pasa cuando protestan, sino qué nos pasa a los demás cuando necesitamos etiquetarlos para no escucharles.


