La otra esquina

Fecha:

Guerrero

Nido de águilas surianas, soldado de mi patria, orgullo nacional.

Pancho Padilla

Por Mauricio Leyva Castrejón

Entre la revolución y el olvido, la fiesta y el llanto, la riqueza natural y la pobreza insultante, Guerrero se levanta como una de esas contradicciones que México no ha sabido resolver, acaso porque ha aprendido a convivir con ellas. Resiliente por naturaleza, allí donde el mar revienta a veces con pasión amorosa sobre la costa y algunas veces con furia desmedida, y allí también en donde la montaña guarda sus heridas; donde la tierra promete abundancia y demasiadas familias cuentan sus carencias, se encuentra la conciencia nacional. Es allí, en el sur, en donde existe una dignidad que no se doblega, una memoria que no se deja enterrar y un pueblo que, aun cuando le han querido arrebatar casi todo, conserva la obstinada costumbre de seguir de pie, porque su rebeldía ha tenido y tiene un sustento intelectual y antropológico. Por ello, cuando se habla del estado de Guerrero, no nos referimos solamente a un territorio, sino a una manera de ver la vida y de resistir a las pruebas más duras, tanto de la naturaleza climática como de la naturaleza humana.

Antes de que el país aprendiera a pronunciar la palabra independencia, el sur ya conocía el precio de la libertad. Por sus caminos ásperos marcharon insurgentes; en sus montañas encontraron refugio las ideas que desafiaban al poder. José María Morelos convocó en Chilpancingo el Congreso de Anáhuac, en 1813, y puso en palabras una aspiración que todavía nos interroga: una nación donde la justicia no fuera privilegio de unos cuantos. Vicente Guerrero sostuvo la lucha cuando la victoria parecía imposible. Después, el Plan de Ayutla, con Juan Álvarez, volvió a sacudir los cimientos del poder y contribuyó a derribar la dictadura de Santa Anna. La historia nacional lleva, aunque a veces lo olvide, profundas huellas del sur. Pero la insurgencia guerrerense no terminó con los libros de historia. En el siglo XX, las voces de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas volvieron a nombrar las desigualdades, el autoritarismo y la exclusión que persistían en el campo. Su tiempo estuvo marcado por la represión y la violencia del Estado, por vidas perseguidas y familias condenadas al silencio. No se trata de idealizar las armas ni de convertir la tragedia en leyenda; se trata de entender que ninguna sociedad puede exigir obediencia eterna a quienes les ha negado, una y otra vez, los caminos de la justicia. En Guerrero, demasiadas veces, la protesta precedió al castigo y la esperanza tuvo que abrirse paso entre las balas.

Pero entre esas luchas insurgentes cabe el sonido de sus sones, en el zapateado que hace temblar la tarima, en los colores de sus artesanías, en la sabiduría de sus pueblos indígenas, en la voz de sus comunidades afromexicanas, en sus artistas e intelectuales de talla internacional. Cabe en la mirada de sus creadores excepcionales, en sus escritores, sus músicos, sus pintores y sus pensadores; en quienes han hecho de la palabra, la imagen y el canto una forma de nombrar el mundo.

Desde las manos que trabajan la madera y el barro hasta las inteligencias que cuestionan el país, Guerrero ha entregado a México mucho más de lo que México suele reconocerle. Entonces, ¿cómo explicar que una tierra capaz de regalar tanta historia y belleza tenga que seguir reclamando lo indispensable? ¿Cómo celebrar su riqueza mientras la pobreza continúa siendo el horizonte de demasiados hogares? ¿Cómo hablar de democracia cuando la violencia, la impunidad y el miedo amenazan la posibilidad de vivir en paz?

Quizá la mayor contradicción de Guerrero no sea la distancia entre su riqueza y su pobreza, sino la distancia entre todo lo que ha dado a México y todo lo que México sigue debiéndole. Y vale la pena reflexionar en ello con motivo del pasado 27 de octubre, cuando se conmemoró un año más de su creación.

spot_img

Compartir noticia:

spot_img

Lo más visto