El terrorismo: el lado oscuro de la humanidad
Por Mauricio Leyva Castrejón
El 21 de agosto se conmemora el Día Internacional de Conmemoración y Homenaje a las Víctimas del Terrorismo, una fecha establecida por las Naciones Unidas para recordar a quienes han perdido la vida y a quienes han sobrevivido a uno de los fenómenos más brutales de nuestro tiempo. En este 2026, la conmemoración lleva por tema “Healing through Memory”, sanar a través de la memoria. Pero, ¿qué significa realmente hablar de terrorismo cuando detrás de esa palabra hay miles de muertos? Significa hablar del miedo convertido en arma. De la muerte utilizada deliberadamente para provocar miedo en quienes sobreviven. Significa hablar de familias que una mañana despidieron a un padre, una madre, un hijo o un hermano y nunca volvieron a verlo.
El 11 de septiembre de 2001 quizá sea la imagen más poderosa de ese horror. 2,977 personas fueron asesinadas en los ataques contra las Torres Gemelas, el Pentágono y el vuelo 93. Procedían de más de 90 países. En 1985, el vuelo 182 de Air India explotó frente a las costas de Irlanda. Murieron 329 personas, entre ellas 280 canadienses. El Gobierno de Canadá lo reconoce como el peor atentado terrorista de la historia del país. Y podríamos seguir con Madrid, Londres, París, Bombay, Bali, Oklahoma, Nairobi, Bagdad, Kabul, Beslán y tantos otros lugares en los que la violencia decidió que civiles inocentes podían convertirse en instrumentos de una causa.
Hay una frase del investigador Brian Jenkins que siempre me ha parecido particularmente reveladora: “Terrorism is theater”, el terrorismo es teatro. No porque haya nada teatral en el dolor de las víctimas, sino porque el terror necesita espectadores. El objetivo no es únicamente matar; es que el mundo mire, que el miedo se multiplique y que la noticia llegue mucho más lejos que la bomba, la bala o el cuchillo. Christopher Hitchens lo expresó de otra manera: “Terrorism is the tactic of demanding the impossible, and demanding it at gunpoint.” El terrorismo es la táctica de exigir lo imposible y exigirlo a punta de pistola. Quizá ahí se encuentra una de las claves para entender su perversidad. Porque las causas pueden ser distintas, las ideologías pueden ser opuestas y los argumentos utilizados para justificar la violencia pueden cambiar. Pero cuando se decide deliberadamente atacar a inocentes para sembrar terror, la frontera moral debería ser muy clara. El problema es que la historia nos ha demostrado que esa frontera no siempre ha sido clara para todos. Con demasiada frecuencia, quienes ejercen la violencia intentan convertir a sus víctimas en daños colaterales de una causa que consideran superior. Primero viene la deshumanización del adversario; después llega la justificación de la violencia y, finalmente, el asesinato deja de verse como asesinato y comienza a presentarse como una necesidad histórica. Ese es, quizá, uno de los peores rostros de la humanidad.
No solamente la capacidad de matar, que, por desgracia, nos ha acompañado desde tiempos remotos, sino también la de convencernos de que matar puede ser correcto cuando se hace en nombre de una bandera, una religión, una ideología o una causa. Y es por esta razón que la conmemoración cobra fuerza, no para recordar a quienes murieron sino para impedir que sus muertes se reduzcan a una cifra. La ONU advierte que las víctimas y sobrevivientes suelen quedar olvidados una vez que desaparece la atención inicial de los medios, aun cuando las consecuencias físicas, psicológicas, sociales y económicas pueden acompañarlos durante años. Y aquí aparece una palabra que utilizamos con demasiada facilidad: memoria. Recordar no es vivir atrapados en el pasado. Recordar es reconocer lo ocurrido para evitar que la historia se repita. Es darles nombre a las víctimas. Es escuchar a los sobrevivientes. Es entender que detrás de cada número hubo una vida y que detrás de cada una quedaron personas que tuvieron que aprender a vivir con una ausencia.


