Huxley ¿el mundo feliz?
Por Mauricio Leyva Castrejón
Hay libros que nacen para explicar su tiempo, pero hay otros que, décadas después, regresan para cuestionar el nuestro. Un mundo feliz, de Aldous Huxley, pertenece a esos libros que no dejan de incomodar porque siguen preguntándonos qué estamos dispuestos a entregar a cambio de la comodidad. Publicada en 1932, la novela no fue solamente una imaginación sobre el futuro; fue una advertencia sobre una posibilidad humana mucho más profunda: que una sociedad puede perder su capacidad de cuestionar justo cuando cree haber alcanzado el bienestar.
Cada 22 de julio, al recordar la muerte de Huxley en 1963, vale la pena regresar a una pregunta que sigue vigente: ¿qué ocurre cuando el poder ya no necesita imponer la obediencia porque logra que las personas acepten voluntariamente aquello que limita su propia libertad? Huxley imaginó una civilización donde el control no llegaría necesariamente mediante el miedo, sino mediante la satisfacción permanente. Un mundo donde la estabilidad sería más importante que la verdad y donde la comodidad podría convertirse en una forma silenciosa de dominación. Su advertencia no era solamente política; era profundamente humana. Nos obligaba a preguntarnos qué ocurre cuando dejamos de ejercer nuestra capacidad de pensar, cuestionar y elegir. En México, esta reflexión adquiere una dimensión particularmente inquietante. En una democracia donde la participación ciudadana enfrenta grandes desafíos, el abstencionismo se ha convertido para algunos en una forma de expresar rechazo, inconformidad o desencanto. Existe la idea de que no participar es una manera de enviar un mensaje al sistema, de decir “no estoy de acuerdo” desde la distancia.
Pero aquí aparece una pregunta incómoda: ¿el silencio ciudadano realmente transforma o termina siendo funcional para aquello que pretende cuestionar? Una sociedad que se retira de la discusión pública puede creer que está castigando al poder, cuando en realidad puede estar dejando libre un espacio que otros ocuparán. La apatía prolongada no siempre representa una forma de protesta; en ocasiones puede convertirse en el escenario ideal para que las estructuras de poder operen con menos vigilancia, menos exigencia y menos oposición. El poder no solamente se fortalece con la obediencia; también puede hacerlo con la indiferencia. Una ciudadanía ausente facilita que las decisiones se tomen lejos de la mirada pública y que quienes tienen mayor capacidad de organización impongan sus intereses.
Ese es uno de los mensajes más inquietantes de Un mundo feliz: una sociedad puede estar controlada no porque haya perdido todos sus derechos, sino porque ha perdido la voluntad de ejercerlos. La anestesia social no siempre llega mediante la censura; a veces llega mediante el cansancio, la distracción y la sensación de que participar ya no vale la pena.
Pero nuestro presente añade nuevos elementos a esta reflexión. Las redes sociales han demostrado ser herramientas capaces de movilizar conciencias, impulsar movimientos ciudadanos y abrir espacios de expresión que antes estaban reservados para unos cuantos. Sin embargo, la misma herramienta que conecta también puede fragmentarnos, dividirnos y alejarnos. Puede acercarnos a realidades distintas, pero también encerrarnos en espacios donde solamente escuchamos aquello que confirma nuestras propias ideas.
Y entonces vuelve la pregunta de Huxley: ¿qué mundo es realmente feliz? ¿Aquel donde nadie cuestiona porque todo parece estar resuelto, o aquel donde una sociedad conserva la libertad de pensar, participar y decidir su propio destino?


