Tijuana, el nuevo hogar de Haití: Diez años entre el arraigo y la lucha por la dignidad

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TIJUANA, B.A. – Hace una década, las calles de Tijuana comenzaron a teñirse de un nuevo idioma, nuevos aromas y una resiliencia inquebrantable. Lo que inició como una escala desesperada hacia Estados Unidos tras el devastador terremoto de 2010 en Haití, terminó convirtiéndose en un arraigo profundo. Hoy, la comunidad haitiana ya no es solo «de paso»; es parte del tejido vivo de esta ciudad fronteriza. Sin embargo, detrás de esta integración cultural, miles de hombres y mujeres enfrentan un muro invisible de burocracia, precariedad y prejuicios que les impide alcanzar la estabilidad que tanto han buscado.

Para Vivianne Petit-Frére, vicepresidenta del Instituto Comunitario Haitiano, estos diez años han sido una lección de supervivencia pura. Ella recuerda que el éxodo no fue una elección, sino una estrategia de vida tras la tragedia que dejó más de 200 mil muertos en su isla. Al encontrarse con las puertas cerradas del «sueño americano», entre 10 mil y 15 mil haitianos decidieron que su destino estaba en Baja California. Aquí han formado familias, han tenido hijos mexicanos y han inyectado una fuerza de trabajo joven y vibrante a la ciudad, aunque el sistema parece no querer reconocerlos por completo.

El principal obstáculo no es la falta de voluntad, sino la falta de papeles. La burocracia se ha convertido en una trampa: sin una regularización migratoria ágil, no hay acceso al empleo formal ni a la seguridad social. Claudia Portela, del Proyecto Salesiano, explica con claridad el círculo vicioso: el SAT exige una tarjeta de residencia para tramitar el RFC, pero el Instituto Nacional de Migración tarda meses o años en entregarla. Esto empuja a una comunidad trabajadora a la informalidad y a la vulnerabilidad, donde el talento se desperdicia en trabajos mal pagados mientras esperan una resolución que muchas veces se extravía en los archivos oficiales.

A este laberinto administrativo se suma una sombra persistente: el racismo estructural. El antropólogo Víctor Clark Alfaro advierte que la marginación por el color de piel sigue siendo una barrera dolorosa en la integración. A pesar de esto, la comunidad haitiana no se rinde; han tejido redes de apoyo que son auténticos salvavidas. «Tenemos la costumbre de sobrevivir», afirma Petit-Frére con una mezcla de orgullo y cansancio. Para ellos, migrar fue buscar una luz de esperanza, y aunque Tijuana los ha abrazado en muchos sentidos, todavía queda pendiente que el Estado mexicano convierta esa hospitalidad en derechos reales y en una vida verdaderamente digna.

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